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Una niña vendió su bicicleta para que su madre pudiera comer, y entonces un jefe de la mafia descubrió quién se había quedado con todo.

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Uno de sus lugartenientes.

Un hombre al que se le confiaban las cobranzas.

Lily volvió a hablar.

—También lastimó a la señora Delgado —dijo en voz baja—. Y a la familia con el bebé. A veces los veo llorar.

Viktor la miró.

No se trató de un incidente aislado.

Esto era un patrón.

—¿Cuántas familias? —preguntó.

Lily contó lentamente con los dedos.

“Siete que yo conozco.”

Siete casas destruidas.

Siete familias fueron robadas.

Viktor se puso de pie lentamente.

Primero, hizo una llamada.

—Marco —dijo por teléfono—. Trae la comida a la dirección que te envío. Suficiente para una semana.

Hizo una pausa.

“Y traigan efectivo. Mil dólares.”

Tras colgar, volvió a mirar a Emily.

“La comida llegará en una hora. Mañana se restablecerá la luz. Alguien reparará su puerta.”

Emily lo miró con incredulidad.

“¿Por qué nos ayudarías?”

Viktor miró a Lily.

“Porque alguien usó mi nombre para perjudicar a tu familia.”

Su voz se volvió más fría.

“Y eso lo convierte en algo personal.”

La traición

Más tarde esa noche, Viktor se sentó en su oficina a esperar.

El responsable llegó exactamente una hora después.

Adrian Russo entró con una carpeta en la mano y una sonrisa segura de sí mismo.

—Jefe —dijo Adrian con naturalidad—. ¿Quería verme?

Viktor hizo un gesto hacia la silla.

“Sentarse.”

Adrian colocó la carpeta sobre el escritorio.

“Si se trata de la señora Harper, puedo explicarlo”, comenzó diciendo.

“Por favor, hazlo.”

Adrian se aclaró la garganta.

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