“El marido pidió dinero prestado antes de morir. No pudo devolverlo. Simplemente cobré lo que nos debían.”
Viktor estudió la documentación.
Entonces preguntó en voz baja:
“¿Cuándo murió el marido?”
—Agosto —respondió Adrián.
Viktor deslizó el documento por el escritorio.
“¿Y cuándo se firmó este préstamo?”
Adrian bajó la mirada.
El color desapareció de su rostro.
La fecha era dos meses después de que el hombre ya hubiera fallecido .
—Falsificaste la firma de un hombre muerto —dijo Viktor con calma.
El silencio inundó la habitación.
—Le robaste a una viuda y a sus hijos —continuó Viktor.
“Y usaste mi nombre para hacerlo.”
Adrian intentó hablar.
“Jefe, esta gente no importa. No son nadie…”
“Respuesta incorrecta.”
La voz de Viktor se volvió gélida.
“Esa niña intentó venderme su bicicleta para poder comprar comida para su madre.”
Adrian tragó saliva.
—Los niños se recuperan —murmuró débilmente.
“Una respuesta aún peor.”
La consecuencia
Al amanecer, Viktor había descubierto toda la verdad.
Adrian llevaba meses dirigiendo una operación secreta de extorsión.
Siete familias.
Documentos falsificados.
Pertenencias robadas almacenadas en un almacén alquilado.
Adrian permanecía sentado, atado a una silla dentro de aquel almacén, mientras Viktor recorría las pilas de objetos robados.
Cunas para bebés.
Fotografías familiares.
Juguetes para niños.
Anillos de boda.
Todo robado a familias que ya no tenían nada.
—Vas a devolver absolutamente todo —dijo Viktor en voz baja.
Adrian levantó la vista.
“¿Y después de eso?”
Viktor cogió un pequeño oso de peluche rosa.
Le recordó a Lily agarrando su bicicleta bajo la lluvia.
“Te pasaste de la raya”, dijo Viktor.
“En mi mundo hay reglas.”
Volvió a dejar el juguete en su sitio.
“Y la más importante es sencilla.”
Sus ojos se volvieron fríos.
“Nunca se le roba a los niños.”