No sabía por qué lo tomó. Sentimiento, tal vez. O algún instinto que no podía identificar.
“Estoy lista”, le dijo a Amparo.
Las dos mujeres caminaban por el camino de tierra, con Amparo guiando suavemente a Consuelo del codo. Detrás de ellas, los nuevos dueños ya estaban midiendo habitaciones, discutiendo colores de pintura y planeando su futuro en el espacio donde residía el pasado de Consuelo.
La habitación de Amparo era diminuta, apenas cabían un catre, una silla y una mesita. Olía a aceite de cocina y madera vieja.
“No es mucho”, se disculpó Amparo.
—Es un techo —dijo Consuelo—. Gracias.
Ella se sentó en el catre, agarrando la caja de zapatos contra su pecho y esperó.
Para qué, ella no lo sabía.
Quizás para que Mauricio la llamara. Quizás para que despertara de esta pesadilla.
Pero la llamada nunca llegó.
Y la pesadilla fue real.
En la Ciudad de México, a mil quinientos kilómetros de distancia, el doctor Mauricio Estrada Salinas estaba cenando en un restaurante de lujo en Polanco con su esposa Gabriela y su madre, la señora Domínguez.
La conversación giró en torno a las renovaciones para su nueva clínica privada: encimeras de mármol o granito, minimalista moderno o tradicional elegante, qué vecindario atraería a los pacientes más ricos.
“El préstamo llegó”, dijo Gabriela sonriendo. “Podemos empezar la construcción el mes que viene”.
Mauricio asintió, cortando su filete. "En un año estaremos libres de deudas. La venta de la propiedad lo cubrió todo".
La señora Domínguez levantó su copa de vino. “Al éxito”.
Nadie mencionó a su madre.
Nadie preguntó a dónde había ido a parar el dinero de la venta del terreno.
Porque para Mauricio ella ya no existía.
En su mente, había reescrito su historia. Provenía de una familia respetable de clase media. Había trabajado duro, conseguido becas y salido adelante con su propio esfuerzo.
¿La ciega que lavaba ropa en el río? Era un detalle inoportuno de un pasado que prefería olvidar.
De vuelta en la pequeña habitación de Amparo, Consuelo se despertó antes del amanecer por costumbre.
Por un instante, olvidó dónde estaba. Extendió las manos, esperando encontrar las paredes familiares de su dormitorio, el crucifijo de madera que colgaba sobre su cama.
En cambio, sus dedos se toparon con superficies desconocidas.
La realidad se estrelló contra nosotros.
“¿Cuánto dinero tienes?”, preguntó Amparo suavemente cuando encontró a Consuelo sentada erguida en el catre, con las manos cruzadas sobre su regazo.
Consuelo abrió su pequeño bolso de tela y palpó dentro. Monedas. Algunos billetes arrugados.
“Cuarenta y siete pesos”, dijo.
A Amparo se le encogió el corazón. Apenas le alcanzaba para comer unos días.
—Déjame intentar llamar a tu hijo otra vez —dijo Amparo—. Desde mi teléfono. Quizás conteste a un número que no reconoce.
Marcó el número que Consuelo recitó de memoria.
“El número que usted ha marcado no existe.”
Amparo lo intentó tres veces más, sólo para estar segura.
Nada.
“Lo cambió”, dijo en voz baja.
Consuelo bajó la cabeza. «Puedo lavar la ropa», dijo. «Ya lo he hecho antes. No quiero ser una carga».
—No eres una carga —dijo Amparo con fiereza—. Eres mi amiga. Pero sí, si quieres trabajar, puedo preguntar por ahí.
La noticia se extendió rápidamente por el barrio. La mujer ciega, cuyo hijo la abandonó, necesitaba trabajo.
Algunos negaron con la cabeza con disgusto ante la crueldad de Mauricio. Otros vieron una oportunidad.
Consuelo empezó a despertarse antes del amanecer, lavando ropa en un balde en el patio de Amparo por las monedas que la gente le pagara.
Diez pesos por una carga de ropa. Cinco pesos por fregar un piso que no podía ver.
Algunos vecinos fueron amables. Le pagaron lo justo y la trataron con respeto.
Otros fueron crueles.
—Asegúrate de quitar las manchas esta vez, vieja —dijo una mujer, lanzando un bulto de ropa a los pies de Consuelo—. La última vez se te pasaron las manchas. No voy a pagar el precio completo por la mitad del trabajo.
Consuelo no dijo nada. Simplemente frotó con más fuerza.
A veces los niños se burlaban de ella al pasar, haciendo chistes sobre la señora ciega que no podía ver lo que estaba lavando.
Amparo los ahuyentó cuando se enteró, pero no pudo estar en todas partes.
Por la noche, después de que Consuelo se hubiera acostado exhausta, Amparo se sentó en su pequeña mesa de cocina y abrió la caja de zapatos.
Dentro había docenas de papeles, todos perfectamente organizados a pesar de la ceguera de Consuelo. Alguien —quizás la propia Consuelo, antes de que le fallara la vista— había etiquetado cada sección con una caligrafía cuidadosa.
Recibos de matrícula escolar, fechados y sellados. Comprobante de pago de la matrícula universitaria de Mauricio, los gastos de su carrera de medicina, sus libros de texto, su bata blanca e incluso su ceremonia de graduación.
Cada peso contabilizado.
Las manos de Amparo temblaban mientras las revisaba. «Veinte años», susurró. «Lo pagaste todo».
En el fondo de la caja, debajo de todos los recibos, había un sobre amarillento.
Tenía aspecto oficial, con un sello en relieve y sellos formales.
Amparo lo abrió con cuidado y sacó el documento que había dentro.
El lenguaje era denso, legal, difícil de analizar. Pero ciertas palabras resaltaban: «Escritura de propiedad». «Consuelo Reyes, viuda». «Propiedad única».
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