Doña Consuelo tenía setenta años, era ciega y había vivido toda su vida creyendo que la maternidad significaba soportar sin quejarse.
Se sentó en la silla de madera junto a la ventana, la misma silla donde solía sentarse décadas atrás, remendando ropa mientras veía a su hijo Mauricio jugar en el patio de tierra con un palo y una lata. En aquel entonces, sus ojos aún funcionaban. En aquel entonces, podía ver su rostro cuando sonreía.
Ahora el mundo estaba a oscuras, pero sus manos aún recordaban cada rincón de esta casa. El suelo irregular cerca de la cocina. La grieta en el marco de la puerta causada por el terremoto del 85. La fría manija metálica de la bomba de agua afuera, donde había pasado veinte años lavando ropa ajena para pagar la educación de su hijo.
Esta casa no era solo un refugio. Era su vida, medida en callos, sacrificio y el orgullo silencioso de una madre que lo había dado todo.
El teléfono se deslizó ligeramente en su mano temblorosa mientras escuchaba la voz de su hijo al otro lado de la línea: tranquila, firme, definitiva.
“Ya vendí el terreno, mamá”, dijo Mauricio.
Al principio, las palabras no tenían sentido. Flotaban en el aire como humo, sin forma e imposibles de comprender.
—¿Qué dices, hijo mío? —Su voz salió más baja de lo que pretendía—. Esa tierra es nuestro hogar. Te crié allí. Lavé ropa allí para pagar tu escuela.
—Ya no es tuyo —respondió con un tono cortante de impaciencia—. Firmaste un poder notarial hace años, ¿recuerdas? Ya está hecho. La venta es definitiva.
Se le hizo un nudo en la garganta. "Pero... aquí vivo. ¿Adónde se supone que debo ir?"
Hubo una pausa al otro lado de la línea. Podía oír voces de fondo: risas, el tintineo de vasos, música suave. Estaba en un restaurante, se dio cuenta. Cenaba mientras le contaba a su madre ciega que la estaban desalojando.
—No lo sé —dijo Mauricio finalmente—. Pero ya no es mi problema. Los nuevos dueños llegan el viernes.
“Mauricio, por favor—”
La línea se cortó.
Doña Consuelo se quedó congelada, con el teléfono aún pegado a su oído, escuchando el silencio vacío donde había estado la voz de su hijo.
Marcó de nuevo. Sus dedos se movieron torpemente sobre los botones, y su memoria muscular la guió a los números que había marcado mil veces.
El teléfono sonó una vez. Dos veces.
Entonces: “El número que usted ha marcado no existe”.
Lo intentó de nuevo. Mismo resultado.
Marcó cinco veces. Cinco veces la voz automatizada le dijo lo mismo.
Había cambiado su número.
Su hijo —el niño que había cargado en su espalda mientras fregaba pisos, el niño al que había alimentado antes de alimentarse ella misma, el niño cuya matrícula universitaria había pagado con los dedos enrojecidos por el jabón con lejía— la había borrado de su vida.
Doña Consuelo dejó el teléfono con cuidado sobre la mesita de madera. Le temblaban las manos, pero tenía los ojos secos; no porque no sintiera nada, sino porque había llorado todo hacía mucho tiempo.
La casa se asentó a su alrededor en la quietud del atardecer. En algún lugar del camino, un perro ladró. La radio de un vecino sonaba un bolero antiguo, de esos que su marido tarareaba antes de morir.
Se sentó en la oscuridad que había sido su mundo durante los últimos seis años y trató de comprender cómo había llegado a ese momento.
Mauricio no siempre había sido así.
De pequeño, solía subirse a su regazo y apretar su mejilla contra la de ella. «Mamá», le decía, «cuando sea grande, te compraré una casa grande con jardín».
Ella se reía y le besaba la frente. «Esta casa es lo suficientemente grande, mijo. Siempre y cuando estemos juntos».
Pero los niños crecen. Los sueños cambian. Y a veces, las personas que más amamos se convierten en desconocidos con rostros familiares.
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