Transferí los 650 000 dólares a una cuenta personal a mi nombre.
Después apagué el ordenador y me quedé sentada en silencio en el comedor de nuestra casa en Vasant Vihar. El mismo lugar donde habíamos celebrado aniversarios, firmado contratos de inversión y hablado de hijos que nunca llegaron.
Esa noche no lloré.
Lo curioso de la traición es que, cuando finalmente la ves con claridad, deja de doler y empieza a parecer… matemática.
Y yo siempre fui buena con los números.
A las ocho de la mañana del día siguiente, James me llamó desde el aeropuerto.
—Ya estoy esperando el vuelo —dijo con voz cansada—. Te voy a extrañar.
Miré el teléfono.
Podía escuchar el ruido de fondo. Pero no era el sonido de un aeropuerto internacional. Era el eco cerrado de un pasillo.
—Yo también —respondí.
—Prométeme que cuidarás todo mientras estoy fuera.
Sonreí.
—Claro.
Colgué.
Sabía exactamente dónde estaba.
A esa hora, los vuelos a Toronto aún no habían embarcado.
Pero el apartamento en Gurugram sí estaba listo.
Esperé.
Tres horas después recibí otro mensaje.
**James:**
“Ya despegamos. Te escribo cuando aterrice.”
No respondí.
En cambio, abrí el correo que había preparado.
El asunto decía: **“Solicitud formal de divorcio.”**
Adjunté todos los documentos que había reunido la noche anterior.
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