Pero hubo momentos —pequeños y peligrosos— en que la duda apareció.
Una noche, después de que Akosua regresara tarde del trabajo, escuchó a Margaret y a Yaw discutir en voz baja. Había facturas esparcidas sobre la mesa. Palabras como "intereses de préstamos" e "impago" flotaban en el aire.
Cuando Akosua entró en la habitación, el silencio cayó instantáneamente.
La mirada de Margaret se endureció. "¿Por qué me escuchas?", espetó.
—Solo vine a… —Akosua se detuvo. Había aprendido a no terminar las frases a menos que la invitaran.
Margaret la despidió con un gesto. «Vete a la cama. Los asuntos de adultos no son para ti».
Esa noche, Akosua permaneció despierta, escuchando el crujido del ventilador del techo. Algo en la voz de Margaret había cambiado: se había endurecido, agudizado por el miedo.
Las siguientes semanas lo confirmaron.
Abena fue retirada de un curso privado. Yaw caminaba inquieto por la casa, murmurando sobre oportunidades perdidas. Joseph empezó a llegar a casa más tarde, con los hombros más pesados que antes.
Entonces Margaret comenzó a observar a Akosua más de cerca.
Todo comenzó con preguntas disfrazadas de preocupación.
“¿Cuánto ganaste hoy?”
“¿Tu supervisor confía en ti?”
Eres joven y estás sano. Deberías estar haciendo más.
Akosua trabajaba más horas. Se saltaba las comidas sin quejarse. Cuando le temblaban las manos de cansancio, las cruzaba tras la espalda.
La gratitud, se recordó, era el precio de la pertenencia.
Su único alivio provenía de Efua Asante, una amiga de la infancia que vivía a tres calles de distancia. Efua veía lo que otros pasaban por alto: cómo Akosua se estremecía ante las voces alzadas, cómo se disculpaba por cosas que no eran su culpa.
A veces, después del trabajo, se sentaban en un muro bajo cerca del camino y compartían maíz asado y risas tranquilas.
—No vives como una hija —dijo Efua con dulzura—. Vives como una deuda.
Akosua forzó una sonrisa. «Me acogieron. Eso importa».
Efua la observó un buen rato. "No debería costarte la vida entera".
Akosua no respondió. No sabía cómo.
El punto de quiebre llegó silenciosamente, como la mayoría de las cosas en esa casa.
Margaret la llamó a la sala un domingo por la tarde. El televisor estaba apagado. Joseph estaba sentado rígidamente en el sofá. Yaw se apoyaba en la pared con los brazos cruzados. Abena observaba desde la puerta, con los labios curvados en una sonrisa que no le llegaba a los ojos.
“Necesitamos hablar”, dijo Margaret.
Akosua estaba de pie en el centro de la habitación, con las manos entrelazadas y el corazón latiendo con fuerza.
—Ya eres mayor —continuó Margaret—. Y ya es hora de que nos pagues lo que hemos hecho por ti.
La palabra reembolsado cayó con fuerza.
José se aclaró la garganta pero no dijo nada.
Margaret se inclinó hacia delante. «Hay una solución a nuestros problemas, una que beneficia a todos».
Akosua esperó. El silencio se prolongó.
—Matrimonio —dijo finalmente Margaret.
La habitación pareció inclinarse.
“Matrimonio”, repitió Akosua, con voz apenas audible.
Yaw sonrió levemente. "No te sorprendas tanto. Muchas chicas agradecerían la oportunidad".
—¿Quién? —preguntó Akosua, aunque algo dentro de ella ya se encogía.
Margaret intercambió una mirada con Yaw. «Un hombre que necesita una esposa. Un hombre que entiende la gratitud».
Las manos de Akosua temblaron. «No estoy listo».
La mirada de Margaret se endureció. «Estabas lista el día que te trajimos a esta casa».
Joseph se removió incómodo. —Margaret...
Ella lo silenció con una mirada.
Esta familia se está ahogando. Y tú —se volvió hacia Akosua— eres el único con la suficiente ligereza para lanzar la cuerda.
Akosua sintió que el suelo se deslizaba bajo sus pies.
En ese momento, la verdad que había estado evitando surgió clara e implacable: ella no era una hija. Era una garantía.
Al salir de la habitación, sentía en el pecho algo peligrosamente cercano a la ira. Pero aun así, la culpa la seguía de cerca, porque una parte de ella aún creía que les debía todo.
Y esa creencia era exactamente con lo que Margaret contaba.
La palabra matrimonio no abandonó la mente de Akosua Boateng después de aquella tarde. La acompañó hasta el sueño, se coló en sus pensamientos mientras barría el recinto, resonó en sus oídos mientras contaba monedas en la tienda de provisiones.
Parecía irreal: demasiado grande, demasiado definitivo.
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