Cuando llegó, sacó la pulsera del bote con guantes. Después habló con Sergio. No escuché lo que le dijo, pero él no discutió. Solo puso las manos atrás antes de que lo esposaran.
En la Fiscalía declaré durante horas. Les conté lo de las panzas, la laptop, el hospital, los uniformes, la credencial, los recibos, la renta en Querétaro, la foto de la gasolinera y la pulsera. La comandante revisó el número impreso y llamó al hospital.
Cuando colgó, su expresión se endureció.
—Pertenece a una paciente de 17 años que dio a luz esta mañana. Se llama Ximena.
Sentí que el piso se movía.
La pulsera había desaparecido de un carrito cerca de maternidad a las 10. Belén había estado ahí, vestida como personal del hospital. En el video se le veía mirando la estación de enfermeras, esperando un momento de descuido.
La comandante me mostró otra grabación: Belén siguiendo a Ximena durante clases prenatales. No era casualidad. La estaba estudiando.
A medianoche me dejaron ir. Sergio quedó detenido por ocultar evidencia y por no avisar lo que sabía. Volví a casa de mi mamá. El salón seguía decorado. Globos, serpentinas, recuerdos de baby shower, pastel sin cortar. Mi mamá estaba sentada en la sala, en la oscuridad.
—Mi hija no haría eso —dijo al principio.
Pero cuando le conté lo de la panza falsa de “8 meses”, se tapó la boca y no volvió a decir nada.
A la mañana siguiente, en el departamento de Belén, la Fiscalía encontró una libreta negra. Tenía nombres de mujeres embarazadas: dónde vivían, qué rutas tomaban, si iban acompañadas o no.
La página de Ximena estaba llena de detalles.
“Joven. Sola. Asustada. Nadie la va a defender.”
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