Su bolsa estaba sobre la barra de la cocina. Sus llaves también. Pero ella no estaba.
—Esto no es normal —dijo Sergio, caminando de un lado a otro—. Ella ha sido exageradamente cuidadosa con todo lo del embarazo.
Yo abrí el clóset buscando ropa, zapatos, cualquier señal de que hubiera salido de prisa. Y entonces vi una caja hasta atrás, tapada con una cobija.
La saqué.
Adentro había 4 vientres falsos de silicón, color piel, con correas elásticas. Cada uno tenía una etiqueta escrita con marcador: “5 meses”, “6 meses”, “7 meses”, “8 meses”.
Sentí que se me congeló la sangre.
—Sergio… ven.
Él apareció en la puerta y se quedó mirando la caja como si no entendiera lo que veía.
—No —susurró—. No, no puede ser.
—Belén fingió el embarazo.
—Yo la llevé a consultas —dijo él, pero su voz ya no sonaba segura—. Bueno… la dejaba afuera. Siempre me pedía que la esperara en el coche. Decía que le daba pena que entrara.
Tomé su laptop. No sé por qué lo hice, pero algo dentro de mí ya sabía que la mentira era más grande. El historial de búsqueda estaba lleno de frases que me revolvieron el estómago: “cómo fingir síntomas de embarazo”, “panza falsa realista”, “ultrasonido editable”, “cómo hacer que una familia crea un embarazo”.
Sergio se sentó en la cama.
—¿Por qué haría esto?
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