La voz del médico era profesional, pero sus palabras transmitían terror. «El estado de Femi Abayomi está empeorando. Necesitamos un depósito para estabilizarlo. Y si procedemos a un tratamiento mayor, el costo total puede ascender... a un millón».
—¿Un millón? —susurró Aduni—. Doctor, tiene doce años.
—Lo sé —dijo el doctor con suavidad—. Por eso tenemos urgencia.
Cuando terminó la llamada, se quedó quieta durante un largo rato, mirando a la nada.
Femi era la única persona en esa casa que aún la miraba como si valiera algo. La única que la llamaba "mi hermana" con orgullo. El único lugar seguro que tenía en forma humana.
—Te salvaré —susurró con voz temblorosa—. Cueste lo que cueste.
Esa promesa se sintió valiente en su boca.
Pero no tenía idea de cómo lo conservaría.
Al anochecer, regresaba a su trabajo habitual: un pequeño bar restaurante donde los hombres acudían a fingir ser ricos, las mujeres a ser vistas y todos a olvidar algo. Iba de mesa en mesa con un sencillo uniforme negro, forzando la cortesía en su voz mientras su mente permanecía atrapada en los pasillos del hospital y los números de laboratorio.
Y entonces ocurrió: un movimiento descuidado, un vaso que se volcó, una salpicadura de bebida sobre la camisa de un cliente.
El tiempo se detuvo.
La cara del hombre se contrajo. Sus amigos se rieron como si fuera un entretenimiento.
El gerente apareció, sudando y haciendo una reverencia. Y con una sola frase, la cuerda salvavidas de Aduni se rompió.
"Estás despedido."
Salió al aire nocturno sintiendo como si le hubieran removido el suelo. Aún le faltaban cincuenta mil para completar el depósito.
Cincuenta mil.
Y ahora no tenía nada.
Ella se apoyó contra la pared exterior, parpadeando con fuerza para evitar que las lágrimas cayeran.
Una voz la llamó por su nombre.
“Aduni.”
Se giró rápidamente. Lucy Adabio estaba allí, con la preocupación claramente reflejada en su rostro. Lucy no era su mejor amiga, pero era una de las pocas personas en la escuela que había sido amable sin exigir nada a cambio.
-¿Qué pasó? -preguntó Lucy suavemente.
“Perdí mi trabajo”, dijo Aduni con voz temblorosa.
Lucy abrió mucho los ojos. Luego bajó la voz. "¿Quieres que te presente un trabajo? Paga bien".
La esperanza de Aduni se encendió, y luego el miedo lo acompañó. "¿Qué clase de trabajo?"
—Un trabajo de cocinera —dijo Lucy con cautela—. En una villa. La familia Admi.
La familia Admi.
El nombre golpeó el pecho de Aduni como una mano que se cerraba alrededor de su garganta.
Pero el rostro de Femi apareció en su mente: delgado, cansado, todavía tratando de sonreírle.
—¿Cómo lo consigo? —preguntó Aduni, con la desesperación, y la voz se le volvió más firme que el coraje. —Por favor. Lo haré.
A la mañana siguiente, se encontraba ante unas puertas tan altas que parecían de otro mundo. Cocinó un plato, no para impresionar, sino para sobrevivir. Cocinó lo que sus manos recordaban del hambre y del hogar.
Y cuando la señora Admi entró en la cocina, elegante y dominante, se detuvo frente a la olla de Aduni como si un fantasma le hubiera susurrado al oído.
—Este olor —murmuró la señora Admi, con la mirada perdida—. Es igual al que hacía mi abuela.
Luego miró a Aduni.
Un largo silencio.
"Ella es la indicada", dijo la señora Admi en voz baja.
Así, sin más, contrataron a Aduni.
Debería haber sentido como si el cielo se hubiera abierto.
Pero por la tarde, el cielo se convirtió en un recuerdo del que no podía huir.
Lawrence Admi entró en la mansión.
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