Ephua pensó en Yaw, en los pasillos del hospital y en cómo su hermano intentaba ocultar su miedo bromeando con las enfermeras. Negó con la cabeza.
—Entonces detente —dijo Kojo haciéndose a un lado.
Esa noche, Ephua permaneció despierta mirando al techo. Se dijo a sí misma que escucharía, que mantendría la cabeza gacha como siempre. Pero a la tarde siguiente, al ver a Quacy en su sitio habitual, algo en su interior se negó a apartarse. Le trajo comida de nuevo.
Kojo lo notó. Nana Akosua lo notó. La tensión aumentó, silenciosa pero inconfundible, como el aire antes de una tormenta.
Una noche, Kojo los confrontó en la parada del autobús. «Esto se acaba esta noche», dijo, con una postura agresiva y una voz lo suficientemente alta como para llamar la atención. «No pertenecen aquí».
Quacy se levantó lentamente. No era alto, pero había algo inflexible en su postura. "No estoy causando problemas", dijo con calma.
Kojo levantó la mano como si Quacy fuera un animal al que apartar. Ephua dio un paso adelante antes de que pudiera pensar.
—Por favor —dijo con voz temblorosa pero clara—. No ha hecho nada malo.
Por un momento la calle quedó en silencio.
Kojo la miró fijamente, con incredulidad reflejada en su rostro. Nadie había visto nunca a Ephua desafiar la autoridad. "¿Lo arriesgarías todo por él?", preguntó Kojo con frialdad.
Ephua no respondió. Su forma de estar de pie —pequeña, desarmada, sin miedo— lo decía todo.
Algo cambió entonces. No solo en los ojos de Kojo, sino también en la mirada de Quacy. La miró como alguien que había visto muchas cosas, pero no esto. No como Ephua.
Después de esa noche, nada volvió a ser igual.
Ephua regresó a la mansión con el corazón acelerado, con la mirada de Kojo siguiéndola como una sombra. Fregaba pisos bajo el silencio vigilante de Madame Abena, pero cada tarde sus pies la llevaban de vuelta a la cuneta. Quacy estaba allí, y sus conversaciones se profundizaban. A veces notaba la forma en que observaba a la gente —vendedores, funcionarios, empresarios— con una concentración que parecía casi… entrenada. Hablaba con una precisión que no correspondía a la calle.
Entonces comenzaron los pequeños momentos extraños.
En una ocasión, un funcionario municipal intentó intimidar a un vendedor sobre permisos. Quacy intervino con frases tranquilas, citando regulaciones de las que Ephua nunca había oído hablar. El funcionario dudó, pero luego se retractó murmurando una disculpa.
Otro día, Ephua mencionó que la renovación de su identificación se había retrasado, un problema burocrático que podría costarle el trabajo. Quacy preguntó: "¿Puedo hacer una llamada?". Se hizo a un lado, habló por un teléfono viejo con un tono formal y, en cuestión de minutos, le dijo: "Vuelve mañana. Pregunta por el supervisor".
Ella lo hizo. Funcionó.
Ephua lo miró fijamente después, y la confusión se transformó en sospecha. "Quacy... ¿quién eres?"
Su expresión se endureció levemente. «No todo en mí es lo que parece», dijo con dulzura.
Ephua quiso empujar, pero algo en sus ojos la detuvo. Lo que sea que ocultara, no parecía provenir de malicia. Aun así, una distancia creció entre ellos; no física, porque seguían viéndose, sino emocional, porque Ephua presentía que estaba al borde de una verdad que no estaba lista para afrontar.
La verdad la golpeó de todos modos.
Días después, Madame Abena organizó una pequeña reunión de socios. Ephua se movía en silencio entre los invitados, sirviendo bebidas y evitando el contacto visual. Al pasar por la sala, escuchó una conversación.
"El director ejecutivo lleva meses desaparecido", dijo un hombre. "Hay rumores por todas partes".
—Dicen que se esconde —rió otra voz—. Es una lucha interna por el poder.
A Ephua se le encogió el corazón, no porque entendiera las batallas corporativas, sino porque un nombre flotaba en el aire como un fantasma: Quacy Ad, algo así. Un apellido que resonaba en su interior como una campana.
Esa noche, en un impulso que se odió a sí misma, encendió el viejo teléfono de Quacy, uno que él le había prestado semanas atrás cuando el suyo dejó de funcionar. La pantalla se iluminó con notificaciones, correos electrónicos y llamadas perdidas.
Reunión de la junta directiva. Preocupaciones de los accionistas. Dr. Kofi Demy.
A Ephua se le cortó la respiración. Se le enfriaron las manos.
Quacy no era solo un indigente. Ni siquiera era solo un hombre con contactos.
Él era el director ejecutivo desaparecido.
Al día siguiente, lo confrontó en un tranquilo café lejos de la mansión. "Lo sé", dijo al sentarse. "Vi tu teléfono".
Quacy cerró los ojos brevemente y asintió. "Te lo iba a decir".
—¿Cuándo? —La voz de Ephua se tensó—. ¿Después de ponerme a prueba lo suficiente?
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