—Ya no es segura, abuela.
Subimos a su camioneta y nos fuimos sin mirar atrás. A los pocos minutos, mi celular volvió a sonar. Roberto. Luego Verónica. Luego Patricia.
Mateo siguió manejando.
Y entonces entendí algo que me rompió por dentro: mis propios hijos no estaban llamando porque se preocuparan por mí, sino porque acababan de darse cuenta de que su plan podía fallar.
No podía creer lo que estaba por pasar…
PARTE 2
Mateo manejó hasta una fonda abierta toda la noche cerca de la salida a Cuernavaca. Solo había dos traileros tomando café y una mesera cansada limpiando mesas. Nos sentamos en una esquina, lejos de la ventana.
Él puso su celular entre los dos y volvió a mostrarme las fotos.
—Mira, abuela. Este temporizador está conectado al sistema de calefacción. Cuando la temperatura baja en la madrugada, libera el gas poco a poco. No lo suficiente para matarte en una noche, pero sí para enfermarte durante semanas. Mareos, confusión, pérdida de peso. Parecería vejez.
Me tapé la boca con la mano.
—Roberto selló las ventilas para que el gas se quedara en mi recámara.
Mateo asintió con los ojos llenos de rabia.
—Y modificó el detector para que tú creyeras que estabas segura.
La mesera nos dejó café. Yo no pude beberlo.
—¿Por qué? —pregunté, aunque ya temía la respuesta.
Mateo buscó algo en internet y me enseñó una noticia: la empresa de Roberto había anunciado despidos masivos hacía seis meses.
—Mi papá perdió su puesto, abuela. Lo escuché hablar de liquidación hace dos meses. Me mintió cuando le pregunté. Debe muchísimo dinero. La casa de ellos está hipotecada, Patricia tiene deudas de su negocio y la tía Verónica está ahogada con los gastos médicos de Pablo.
Sentí un frío horrible.
Mi casa valía mucho. El barrio había cambiado, las propiedades subieron. El año anterior un valuador me dijo que podía venderse en más de quince millones de pesos. Yo no debía nada. Si moría, Roberto y Verónica heredarían todo.
—No —dije—. No es razón para matar a una madre.
—Para gente desesperada y ambiciosa, sí.
Mateo bajó la mirada.
—Además, mi mamá trabaja en bienes raíces. Sabe cuánto vale la casa. La tía Verónica sabe cómo funcionan las investigaciones de seguros. Y mi papá sabe cómo diseñar un sistema para que parezca accidente.
Mi hija. Mi hijo. Mi nuera.
Los tres nombres se me clavaron como cuchillos.
Recordé a Roberto de niño, corriendo por el patio con un martillo de juguete mientras Julián construía una banca. Luego lo recordé de adulto, burlándose de Mateo porque prefería aprender carpintería y obra.
—Vas a terminar cargando bultos toda tu vida —le decía.
Continúa leyendo con «SIGUIENTE »»»