Julián siempre defendía a nuestro nieto.
—El trabajo honrado nunca rebaja a nadie —decía—. Rebaja más creer que uno vale más que los demás.
Después de la muerte de Julián, Roberto se volvió más frío con Mateo. Dejó de invitarlo a comidas familiares. Patricia lo trataba como si fuera una vergüenza. Solo yo seguí recibiéndolo cada jueves, con arroz, frijoles y café de olla.
Mi celular vibró sobre la mesa. Ocho llamadas perdidas de Roberto. Seis de Verónica. Tres de Patricia.
—Ya saben que salimos —dijo Mateo—. Tenemos que guardar las pruebas.
Subió las fotos a la nube, se las mandó por correo y también a un amigo abogado. Luego nos llevó a un hotel pequeño. Pagó en efectivo y pidió una habitación en el segundo piso.
No dormí. Cada ruido del pasillo me hacía brincar.
Al amanecer, Mateo se levantó con la cara seria.
—Tengo que volver a tu casa.
—¡No!
—Dejamos tu cuaderno de síntomas. El que escribías junto a la cama. La policía va a necesitarlo para probar que esto fue progresivo.
Se fue antes de que pudiera detenerlo. Pasaron cuarenta y cinco minutos que me parecieron años. Cuando volvió, traía el cuaderno, pero también un miedo nuevo en la cara.
—Mi papá estaba ahí. También mi mamá. Me escondí junto al garaje y escuché por la ventana. Él dijo: “Mateo la tiene. Si la policía revisa esta casa, estamos acabados”. Luego Patricia dijo que llamaría a todos los hoteles.
Sentí que las piernas me fallaban.
—Y mi papá dijo algo más —continuó—: “Ya llegamos demasiado lejos. Hay que terminarlo”.
En ese momento sonó el teléfono del hotel. No mi celular. El teléfono de la habitación.
Los dos nos quedamos helados.
Sonó cinco veces y se cortó. Luego mi celular se encendió con una llamada de Verónica.
Mateo lo apagó.
Se acercó a la ventana y abrió apenas la cortina.
Su rostro cambió.
—Abuela… el coche de mi papá acaba de entrar al estacionamiento.
Retrocedió un paso.
—Y el de la tía Verónica también.
Antes de que pudiera responder, tocaron la puerta.
Tres golpes suaves.
—Mamá —dijo la voz de Roberto desde afuera—. Sé que estás ahí. Abre. Solo queremos hablar.
Mateo marcó al 911 y habló en voz baja, dando la dirección y el número de cuarto.
Los golpes se volvieron más fuertes.
—Mamá, Mateo te está metiendo ideas. Estás enferma. No sabes lo que haces.
Mateo me señaló una puerta secundaria que daba a un pasillo de servicio.
—Cuando abra, corremos.
La puerta principal crujió por un golpe fuerte. Roberto intentaba entrar.
Mateo abrió la salida trasera y me jaló. Bajamos por las escaleras de emergencia hasta un callejón detrás del hotel.
Pero al salir, Verónica nos esperaba a la izquierda. Patricia bloqueaba la salida de la derecha.
Y Roberto apareció por la esquina con una llave de cruz en la mano.
—Ya basta, mamá —dijo con una calma espantosa—. Te vas a venir con nosotros.
Verónica metió la mano en su bolsa y sacó una jeringa.
—Es para tranquilizarte —dijo—. Nada más para que descanses.
Mateo se puso frente a mí.
Roberto levantó la llave de cruz.
Y justo cuando Verónica dio el primer paso hacia mi brazo, entendí que mis hijos no habían venido a convencerme. Habían venido a terminar lo que empezaron.
PARTE 3
—Baja eso, papá —dijo Mateo, con el cuerpo entero temblando pero la voz firme.
Roberto apretó la llave de cruz.
—Quítate, Mateo. Esto no es asunto tuyo.
—Es mi abuela.
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