La olla cayó al suelo con un chirrido metálico, y por una fracción de segundo, todo el mercado pareció respirar a la vez. El arroz se esparció como cuentas blancas por el pavimento polvoriento. El estofado se derramó en la tierra en lentos ríos marrones. Aisha Muhammad se quedó paralizada ante el desastre, con las manos suspendidas en el aire como si pudiera rebobinar el tiempo manteniéndolas quietas.
La primera acusación fue tajante y repentina: "¡Lo envenenó!".
Otra voz se apoderó del miedo como si fuera una broma. «Te dije que la comida de esa chica estaba maldita».
La mirada de Aisha se dirigió al chico desplomado en el suelo —Idris, el callado—, con las pestañas revoloteando y la respiración entrecortada. Cayó de rodillas, ignorando las miradas, los susurros, la forma en que la multitud ya se inclinaba hacia una historia que no requería veracidad.
—¡Ayúdenme! —gritó, intentando mantener la voz firme—. Por favor, que alguien llame a un médico.
Pero el mercado tenía reglas. Era ruidoso cuando se trataba de vender y regatear. Era silencioso cuando se trataba de riesgo.
Y entonces llegaron las camionetas negras —silenciosas, pulidas, implacables— deslizándose hacia el borde de la intersección como si fueran dueñas del aire. Hombres con trajes oscuros descendieron con la serena precisión de quienes no necesitan permiso. La multitud se apartó sin que nadie les dijera nada. Incluso el sol se sentía menos cálido.
Al otro lado de la calle, un niño observaba con el rostro pálido y los labios sellados por el miedo. Parecía querer gritar la verdad y tragársela al mismo tiempo. Aisha no gritó cuando la primera mano la sujetó del brazo. No suplicó cuando la pusieron de pie. Solo miró atrás una vez: al lugar donde había alimentado a un niño hambriento durante meses, y al momento donde la justicia pareció extinguirse en segundos.
Porque la verdad era que el hambre siempre había sido lo más antiguo de su vida.
Aisha aprendió desde pequeña que el hambre no era solo un estómago vacío. El hambre era miedo. El hambre era contar monedas hasta que se te entumecieron los dedos y darte cuenta de que aún te faltaba. El hambre era escuchar a tu madre toser en la oscuridad y preguntarte qué parte de tu vida podrías vender para que siguiera respirando.
Todas las mañanas, antes del amanecer, Aisha se levantaba del delgado colchón que compartía con su hermana menor, Mariam, en su habitación individual alquilada a las afueras de la ciudad. La llamada a la oración a menudo la encontraba ya despierta, atándose el pañuelo en la penumbra, con cuidado de no despertar a su madre, cuya enfermedad había convertido su respiración en un ritmo frágil e irregular.
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