Ethan Cole se había dedicado a arreglar cosas toda su vida.
Motores, sobre todo. Transmisiones, líneas de freno, ese tipo de problemas mecánicos que otros talleres rechazaban porque el trabajo era demasiado complicado, el coche demasiado viejo o el dueño no podía pagar lo que valía.

Su garaje estaba situado a las afueras de un pequeño pueblo de Texas, de esos que parecen a punto de desaparecer con un fuerte viento, con herramientas desparejadas colgadas en paneles perforados y un suelo de hormigón manchado de aceite durante treinta años. No era un lugar muy atractivo. Pero Ethan lo conocía a la perfección, y su habilidad iba más allá de la formación. Entendía cómo se movían las cosas, cómo se distribuía el peso, cómo la presión encontraba el camino de menor resistencia. Lo había aprendido no en libros de texto, sino tras horas con las manos dentro de las máquinas, escuchando lo que le decían.

No era rico. No tenía contactos. No poseía títulos universitarios ni amigos influyentes. Lo que sí tenía era una mente capaz de visualizar los problemas en tres dimensiones y unas manos que podían convertir esa visión en algo real.

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