Oliver se echó el pelo hacia atrás con suavidad. «Estoy aquí. Siempre».
Cuando las luces se apagaron y las puertas se cerraron, Oliver se quedó en el pasillo rodeado de dibujos, carritos de juguete y el eco de las risas. Por fin comprendió que la presencia no se compraba y que el amor no se delegaba. Se elegía en los momentos cotidianos, en las rodillas raspadas, en los cuentos para dormir, en los cumpleaños recordados.
Esa noche, se sentó junto a la ventana, contemplando el jardín donde ardían velas en su ausencia. Sabía que su vida había cambiado de rumbo, no por un contrato ni una negociación, sino porque una mujer de la limpieza y cuatro niños pequeños habían organizado una celebración sin él, y al hacerlo, le habían mostrado todo lo que se había estado perdiendo.
Desde entonces, la mansión de Silverbrook Estate dejó de ser solo un símbolo de riqueza. Era un hogar lleno de voces, discusiones a la hora de dormir, risas por el jugo derramado, y un padre que finalmente comprendió que el amor exigía más que proveer desde la distancia. Exigía presentarse, una y otra vez, con las manos y el corazón abiertos.