Si no hubiera visto a ese perro ladrando junto al río, yo ya no estaría vivo —confesó Andrés años después, mirando la misma cicatriz invisible que le había dejado la vida.
Aquella tarde, Andrés Salgado salió del panteón con un ramo de claveles marchitos en la mano y el alma hecha polvo. Había ido, como cada domingo, a limpiar la tumba de su esposa Gabriela y de su hijo Mateo. Tres años antes, un junior borracho los había arrollado mientras esperaban el camión en una avenida de Guadalajara. El muchacho, hijo de un empresario conocido, pagó abogados caros, dio una “compensación” y recibió una sentencia ridícula.
Desde entonces, Andrés dejó su trabajo como investigador, cerró las cortinas de su departamento y aprendió a vivir como si respirar fuera un castigo.
Esa tarde no quiso tomar taxi. Caminó hasta el puente que cruzaba el río Santiago. Se apoyó en el barandal y miró el agua correr con una calma que daba miedo.
—Aquí se acaba todo —murmuró.
Pero entonces escuchó ladridos.
Abajo, entre la maleza, un perro grande, lleno de lodo, corría desesperado alrededor de algo tirado en el suelo. Andrés bajó casi por instinto. Al acercarse vio a una joven inconsciente, empapada, con la ropa rota y el rostro pálido. El perro le gruñó, enseñando los dientes.
—Tranquilo, campeón. Si la quieres viva, déjame ayudarla.
El animal, como si entendiera, se apartó.
La muchacha tenía pulso. Débil, pero tenía. No parecía drogada ni borracha. Solo agotada, como si hubiera caminado hasta romperse por dentro.
—Oye, despierta. ¿Cómo te llamas?
Ella abrió apenas los ojos.
—¿Dónde está Jack?
El perro gimió y le lamió la mano.
Andrés no sabía qué hacer. Llamar a una ambulancia parecía lo lógico, pero algo en el miedo de la joven lo detuvo. Un viejo camionero que pasaba por ahí aceptó llevarlos hasta el edificio de Andrés. La joven iba en brazos, el perro saltó detrás, como guardián.
En el departamento, Andrés la dejó en el sillón, le quitó el abrigo mojado y la cubrió con una cobija. Luego le dio croquetas improvisadas al perro, que terminó comiendo frijoles con arroz como si fuera banquete.
—Mira nada más, Jack. Ni sé quiénes son y ya me metí en broncas por ustedes.
Esa noche Andrés no durmió. Se levantaba cada media hora para ver si la muchacha seguía respirando. Por la mañana, Jack lo despertó arañando la puerta. Quería salir. Cuando regresaron, la joven ya estaba sentada, temblando.
—Perdón —dijo—. Me llamo Tatiana.
Andrés puso café y huevos en la mesa. Ella comió con vergüenza, como alguien que llevaba días sin probar comida caliente.
—Gracias por salvarme.
—No me agradezcas tanto —respondió él, seco—. Tal vez tú también me salvaste a mí.
Tatiana lo miró sin entender.
—Ayer, antes de verte, yo estaba pensando en aventarme del puente.
El silencio se hizo pesado.
Ella no preguntó más. Él tampoco.
Horas después, Tatiana quiso irse, pero al ponerse de pie casi cayó. No tenía dinero, no tenía familia cerca, no tenía a dónde volver. Andrés, que no confiaba ya ni en su sombra, dijo algo que ni él mismo esperaba:
—Quédate unos días. No como pareja, no como nada raro. Solo como alguien que necesita techo.
Tatiana aceptó llorando en silencio.
Así empezaron a vivir los tres: Andrés, la desconocida y Jack. Ella limpiaba, cocinaba, arreglaba poco a poco aquel departamento que olía a duelo. Él volvió a trabajar como guardia nocturno, solo para no hundirse. Jack parecía decidido a unirlos: se sentaba entre ambos, empujaba la pelota, ladraba cuando no se hablaban.
Un día, el perro sacó de debajo de un mueble una pelota vieja con una carita dibujada. Andrés la vio y se quebró. Era de Mateo.
Por primera vez en tres años, lloró.
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