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Tras enterarse de que a su madre le quedaban menos…

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—Siempre florece en esta época, hijo.

Parecía una conversación inútil, pero tras veinte minutos la incomodidad comenzó a perder fuerza. Doña Elena le contó que su padre había plantado aquel árbol cuando Rodrigo cumplió seis años. Le recordó el día en que él se subió a una rama y quedó colgado llorando, mientras su padre corría desde la cocina con una escalera.

Rodrigo terminó riéndose.

Su madre también.

Valentina los escuchó desde la cocina y, sin que nadie la viera, sonriendo con los ojos húmedos.

Aquella noche llegó el primer susto.

Un golpe seco despertó a Rodrigo cerca de las once y media. Corrió descalzo al cuarto de su madre y la encontró caída junto a la cama. Doña Elena había querido ir sola al baño y sus piernas no habían respondido.

—Estoy bien —dijo ella, avergonzada—. Solo me resbalé.

Rodrigo la cargó con cuidado. Al acostarla vio sus labios ligeramente azulados y su respiración corta.

—Voy a llamar al doctor.

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