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Tras enterarse de que a su madre le quedaban menos…

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Antes de que terminara de marcar, Valentina apareció en la puerta. Llevaba una playera gris y el cabello suelto. No preguntó nada; Corrió hacia la cama, tomó la mano de doña Elena y revisó su respiración.

—Señor Rodrigo, dígale al doctor que tiene dificultad para respirar, labios azulados y manos frías. Digale que se cayó.

Sacó un oxímetro del cajón.

—Noventa y uno —murmuró—. Doña Elena, míreme. Respira conmigo, despacito. Yo estoy aquí.

Durante una hora, Rodrigo observó a Valentina mover almohadas, controlar el oxígeno, calmar a su madre y seguir las indicaciones médicas con una seguridad que él no poseía.

A la una de la mañana, la respiración de doña Elena se estabilizó.

Valentina acomodó las cobijas y salió al corredor. Rodrigo la siguió.

—¿Usted duerme aquí?

—Algunas noches. Ernesto me deja usar el cuarto de servicio cuando su madre está muy delicada.

—¿Desde cuándo?

—Desde hace tres semanas.

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