El cuarto de doña Elena se convirtió en una pequeña biblioteca para los pacientes de la fundación y sus familias. El jacaranda del jardín siguió cada primavera. Debajo del árbol, colocó una banca nueva con una placa discreta:
“Para Elena y Consuelo. Porque cuidar también es amar”.
A veces, en las tardes tranquilas, Rodrigo y Valentina se sentaban allí con dos tazas de té de canela. No hablaban siempre. Ya habían aprendido que algunas presencias no necesitan palabras.
Una tarde, mientras las flores moradas caían alrededor de ellos, Rodrigo dijo:
—Mi madre tenía razón.
—¿Sobre qué?
—Sobre que algunas personas llegan a una casa y terminan salvando a todos los que viven dentro.
Valentina bajó la mirada, sonriendo con lágrimas en los ojos.
—Yo no salvé a nadie.
Rodrigo tomó su mano con suavidad.
—Entonces nos enseñó a salvarnos a nosotros mismos.
Desde la ventana abierta de la antigua habitación de doña Elena entró una ráfaga de viento con aroma a gardenias y canela.
Y por primera vez en su vida, Rodrigo Castellanos entendió que la verdadera riqueza no era tenerlo todo, sino poder quedarse cuando alguien necesitaba que no te fueras.
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