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Tras enterarse de que a su madre le quedaban menos…

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A ratos, doña Elena despertaba y los miraba. Otras veces parecía escuchar algo muy lejano, quizás la voz de su esposo, quizás la música de su juventud, quizás el ruido de un niño descalzo corriendo alrededor del jacaranda.

Cerca de las cuatro de la mañana abrió los ojos.

—Rodrigo.

—Aquí estoy, mamá.

—No vuelvas a vivir lejos de la gente que amas.

Él inclinó la cabeza, incapaz de controlar las lágrimas.

—Te lo prometo.

Doña Elena buscó a Valentina con la mirada.

—Mija…

—Aquí estoy, doña Elena.

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