Doña Elena los miró como una madre que, aún en el umbral de la muerte, seguía preocupada por dejar a sus hijos acompañados.
—Hay personas que llegan a una casa a limpiar el polvo —susurró—. Y hay personas que limpian el corazón de quienes viven dentro.
Valentina comenzó a llorar.
Rodrigo apretó su mano.
—No me dejes sola esta noche —pidió doña Elena.
—Nunca —respondió Valentina.
—Yo tampoco me voy —dijo Rodrigo.
Doña Elena cerró los ojos, tranquila.
Aquella noche, Ernesto apagó casi todas las luces de la mansión. Solo quedó encendida la lámpara del cuarto y una vela aromática de canela sobre el buró. Afuera comenzó una llovizna ligera, de esas que hacen brillar el pavimento y silencian la ciudad.
Rodrigo permaneció sentado junto a la cama, sosteniendo la mano derecha de su madre.
Valentina sostuvo la izquierda.
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