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Tras enterarse de que a su madre le quedaban menos…

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Un miércoles al atardecer, pidió que la colocaran junto a la ventana. El cielo sobre la ciudad tenía un tono dorado y suave. El jacarandá se movía con el viento, dejando caer sus últimas flores sobre el césped.

Rodrigo estaba sentado a su derecha. Valentina, a su izquierda.

—Dame tu mano, hijo —pidió doña Elena.

Rodrigo obedeció.

Después miré a Valentina.

—Tú también, mija.

Valentina tomó su otra mano.

Doña Elena respiró con dificultad, pero sonó. Entonces, con la poca fuerza que todavía conservaba, se acercó la mano de Rodrigo y la mano de Valentina hasta unirlas sobre su regazo.

Ninguno dijo nada.

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