—Yo también cometí errores —admitió—. Te enseñé a no necesitar a nadie, cuando debí enseñarte que necesitar a otros no es vergonzoso.
Rodrigo se inclinó y besó su mano.
—Perdóname, mamá.
—Ya te perdoné cuando regresaste a mi cuarto sin teléfono.
Valentina permanecía junto a la ventana, llorando en silencio.
Doña Elena la llamó con un gesto.
—Tú también acércate.
Valentina se sentó en el borde de la cama.
—Nunca pude salvar a mi mamá —dijo de pronto, rompiéndose por primera vez—. Hice todo lo que pude, pero no alcanzó.
Doña Elena levantó una mano temblorosa y le tocó la mejilla.
—No viniste a salvarme, hija. Viniste a acompañarme. Y a veces eso es lo único que una persona necesita para irse en paz.
Valentina cerró los ojos y apoyó el rostro sobre aquella mano delgada.
Rodrigo sintió que estaba presenciando algo sagrado.
Desde esa noche, la salud de doña Elena comenzó a deteriorarse con mayor rapidez. Dormía más. Comía menos. Sus palabras se volvieron breves, aunque seguían siendo claras cuando tenía algo importante que decir.
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