Aquella tarde, doña Elena pidió algo especial: quería comer mole negro, como el que alguna vez había probado durante un viaje a Oaxaca con su marido. Valentina molesta.
—Pues mole tendrá, aunque me pase toda la tarde en la cocina.
Rodrigo la ayudó a conseguir los ingredientes. Por primera vez en su vida entró a un mercado no como inversionista, ni como visitante curioso, sino cargando bolsas de chiles, chocolate y tortillas recién hechas. Valentina se rio al verlo intentar distinguir un chile mulato de un pasilla.
—No se burle —protestó él—. En Tokio sé pedir una cena completa en japonés.
—Pues aquí le falta aprender lo importante.
—¿Como qué?
—Como probar la salsa antes de presumir que sabe cocinar.
El mole salió oscuro, espeso, perfumado. Doña Elena apenas pudo comer unas cucharadas, pero sus ojos se iluminaron.
—Esto sí es vivir —susurró.
Esa noche habló durante un largo rato. Les contó historias que Rodrigo nunca había escuchado: la primera vez que conoció a su padre en una fiesta de pueblo en Michoacán; el miedo que sintió cuando se mudaron a la capital sin conocer a nadie; las veces que ocultó problemas económicos para que Rodrigo pudiera estudiar sin preocuparse.
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