—Tu padre era igual al principio —dijo ella—. Quería resolver el mundo antes de aprender a vivir dentro de él.
—¿Y cambió?
—Cuando naciste tú.
Rodrigo sonrió con tristeza.
—Yo tardé demasiado.
Doña Elena tomó su mano.
—Tardaste. Pero regresaste.
A unos metros, Valentina acomodaba un florero con gardenias sobre la mesa del jardín. Al escuchar aquellas palabras, el rostro se volvió hacia otro lado, intentando darles privacidad.
—Ven, Valentina —pidió doña Elena—. No te escondas como si no fueras parte de esto.
Valentina se acercó.
—Aquí estoy, doña Elena.
—Siempre estás aquí, mija. Eso es lo que más agradezco.
Valentina bajó la cabeza para contener las lágrimas.
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