—También pudo cumplirlas con humanidad. Entregue su gafete. Está despedido.
Gálvez abrió la boca, pero no encontró palabras.
Miguel giró hacia Valtieri.
—Y usted también. Por encubrimiento, traición y por convertir la dignidad de mi madre en una diversión privada.
Seguridad acompañó a ambos hasta el elevador. Antes de que las puertas se cerraran, Carmen levantó una mano.
—Roberto.
Gálvez volteó, avergonzado.
—No me alegra verlo caer —dijo ella—. Ojalá algún día entienda que nadie se vuelve grande haciendo pequeño a otro.
El hombre bajó la cabeza y desapareció entre las puertas metálicas.
Entonces Elena volvió a hablar.
—Carmen, debo decirte algo más. James tiene aquí a una mujer que asegura conocerte mejor que nadie.
—¿Quién?
—Patricia Santos.
Carmen quedó congelada.
—No.
Miguel corrió a sostenerla.
—¿Quién es Patricia?
—Mi hermana —susurró Carmen—. Murió hace quince años.
Una voz distinta entró en la línea. Tenía el mismo tono cálido de Carmen, endurecido por la amargura.
—No morí, hermana.
Carmen soltó un sollozo que no parecía humano.
—¿Por qué? ¿Por qué me dejaste llorarte?
—Porque James me hizo creer que tú me habías abandonado.
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