—En una conversación… de él… con un hombre.
Mi corazón empezó a latir más rápido.
—¿Qué decían?
Doña Clara dudó.
—No debería meterme en cosas que ya pasaron.
—Por favor.
Mi voz salió más quebrada de lo que esperaba.
—Necesito saber.
Ella me miró largo rato.
—Decían que… que ese nombre era alguien importante para él. Que… estaba obligado a mantener algo en secreto.
El aire se me fue.
—¿Qué cosa?
—No lo dijeron.
Silencio.
Un silencio pesado.
De esos que no llenan nada, pero lo ocupan todo.
—¿Usted cree que… —empecé, pero no pude terminar.
Doña Clara suspiró.
—Mire, hija… hay cosas que uno decide no ver. Y hay cosas que uno no ve porque nadie se las muestra.
Bajé la mirada.
—¿Y ahora?
—Ahora usted tiene que decidir si quiere abrir esa puerta.
Otra vez.
Esa palabra.
Decidir.
Salí de la tienda con más preguntas que respuestas. Pero algo había cambiado.
Ya no era solo una sospecha.
Había algo real.
Algo que alguien más había notado.
Esa noche, cuando llegué a mi cuarto, no prendí la luz de inmediato. Me senté en la oscuridad, escuchando el sonido lejano de la calle.
Saqué la carta otra vez.
“Puedes buscar la verdad… pero no habrá vuelta atrás.”
La leí en voz alta.
Y por primera vez, no sonó como una advertencia.
Sonó como una invitación.
Una que no sabía si debía aceptar.
Pensé en mis hijos.
Si esto involucraba algo más… alguien más…
¿Tenían derecho a saber?
¿O tenía yo la obligación de protegerlos de una verdad que podía romper algo que aún se sostenía?
Porque, a pesar de todo, ellos todavía respetaban la memoria de su padre.
No sabían lo que yo había vivido después.
No sabían del hambre.
No sabían del orgullo tragado.
Continúa leyendo con «SIGUIENTE »»»