La familia rota
Al otro lado de la ciudad, en la mansión más lujosa del barrio de Salamanca, vivía la familia Mendoza.
Mauricio Mendoza era billonario. Dueño de empresas, edificios, inversiones internacionales. Autos de lujo, seguridad privada, empleados.
Lo tenía todo.
Excepto paz.
Sus hijas gemelas, Miriam y Macarena, de cinco años, habían perdido la movilidad de las piernas tras una enfermedad degenerativa. Muletas, sillas de ruedas, médicos de todo el mundo.
Nada funcionaba.
Su esposa Noelia vivía sumida en tristeza.
Y Mauricio... en culpa.
—¿De qué sirve tenerlo todo si no puedo salvar a mis propias hijas? —se repetía cada mañana.
Y como si fuera poco, su hermana Lara rondaba la familia como un buitre. Fingía ayudar, pero esperaba el momento perfecto para quedarse con el control de los negocios.
La casa era un palacio.
Pero por dentro estaba destruida.
El encuentro
Un martes por la tarde, el Mercedes negro se detuvo en un semáforo de la calle de Alcalá.
Beatriz tocando suavemente la ventana trasera.
El chófer iba a espantarla, pero Mauricio hizo un gesto para que bajara el vidrio.
Ella no pidió dinero.
Solo lo miró.
Y sonrió.
El chófer le dio un sándwich. Beatriz agradeció y comenzó a irse… pero se giró y dijo:
—Tus hijas van a estar bien.
El semáforo cambió. El coche avanzó.
Mauricio se quedó helado.
—¿Cómo sabía ella…?
No pudo sacarse esas palabras de la cabeza.