Pero no será fácil. La cláusula del testamento del abuelo es clara. Si no nos casamos, perdemos todo. Tal vez sea hora de perderlo todo, respondió Carmen con determinación. ¿De qué sirve una fortuna construida sobre tanto sufrimiento? Antes de que Alejandro pudiera responder, la puerta de la biblioteca se abrió de golpe.
La figura imponente de Ricardo Valverde apareció en el umbral con el rostro desfigurado por la ira. “Así que aquí están los conspiradores.” Gruñó avanzando hacia ellos. Creían que podrían desafiar siglos de tradición familiar usmeando en documentos privados. Detrás de él, Isabel y Dolores observaban la escena con expresiones muy diferentes. Miedo en el rostro deIsabel, resignación en el de Dolores.
Ricardo arrancó el diario de las manos de Alejandro. Este es el problema de enviar a los jóvenes al extranjero. Espetó. regresan con ideas peligrosas sobre la libertad y el amor romántico. Tonterías que amenazan con destruir todo lo que hemos construido. Lo que han construido es una dinastía enferma, padre, respondió Alejandro irguiéndose.
¿Cuántos niños inocentes han pagado el precio de su avaricia? La bofetada de Ricardo resonó en la habitación. Carmen se interpuso entre ambos hombres. Basta. No somos niños a los que puedan manipular y golpear para obtener obediencia. Somos adultos capaces de tomar nuestras propias decisiones. Ricardo los miró con desprecio.
Mañana a las 10 vendrá el notario. La boda se celebrará el sábado, como está planeado. Si alguno de ustedes intenta interferir, las consecuencias serán severas. Con estas palabras salió de la biblioteca seguido por una temblorosa Isabel. Solo Dolores permaneció en el umbral, mirándolos con una mezcla de compasión y temor.
“Tengan cuidado”, susurró la anciana antes de cerrar la puerta. “No saben de lo que es capaz por preservar el legado familiar. Carmen y Alejandro se quedaron solos en la penumbra de la biblioteca, rodeados de los fantasmas de generaciones de sufrimiento y secretos, conscientes de que la batalla que estaban a punto de librar podría costarles mucho más que una herencia.
El amanecer encontró a Carmen sentada junto a la ventana de su habitación, contemplando los jardines de la hacienda que comenzaban a iluminarse con los primeros rayos del sol. No había podido dormir después de los descubrimientos en la biblioteca. Las imágenes de niños deformes, ocultos y posiblemente sacrificados en nombre de la tradición familiar se habían grabado en su mente como hierros al rojo vivo.
Un suave golpe en la puerta interrumpió sus pensamientos. “Adelante”, dijo esperando ver a Dolores con el desayuno. Para su sorpresa, fue Isabel quien entró, cerrando cuidadosamente la puerta tras ella. Su tía política parecía haber envejecido 10 años en una sola noche. Las arrugas alrededor de sus ojos se habían profundizado y sus manos temblaban ligeramente mientras sostenía un pequeño cofre de madera.
Tenemos poco tiempo”, susurró Isabel acercándose a Carmen. Ricardo ha salido temprano para encontrarse con el notario y adelantar algunos trámites. Carmen observó con desconfianza a la mujer que durante años había sido cómplice silenciosa de las manipulaciones de su tío. “¿Qué quieres, tía?” Isabel colocó el cofre sobre la cama y lo abrió con una pequeña llave que llevaba colgada al cuello.
Dentro había un fajo de cartas amarillentas atadas con una cinta desgastada. “Estas son las cartas que mi hermana, tu madre, me escribió antes de morir”, explicó Isabel con voz temblorosa. Cartas que nunca me atreví a mostrarte. Carmen contuvo la respiración. Su madre había fallecido cuando ella tenía apenas 5co años, dejando un vacío que nunca se había llenado.
Los recuerdos que tenía de ella eran escasos y borrosos, como fotografías desenfocadas. ¿Por qué me las muestras ahora? Porque anoche, cuando Ricardo descubrió lo que tú y Alejandro estaban investigando, vi en sus ojos la misma mirada que tenía el día que tu madre intentó escapar con otro hombre. Carmen tomó las cartas con manos temblorosas.
La caligrafía elegante de su madre, que apenas recordaba, llenaba aquellas páginas con desesperación y miedo. Querida Isabel, comenzaba la primera carta fechada en 1988. El matrimonio con mi primo Jorge ha sido el mayor error de mi vida. No solo por la falta de amor, sino por lo que ahora sospecho sobre los secretos de esta familia.
He encontrado documentos, fotografías ocultas de niños con deformidades terribles, niños nacidos de uniones como la nuestra, que desaparecieron misteriosamente. Temo por el futuro de mi pequeña Carmen. Las lágrimas comenzaron a rodar por las mejillas de Carmen mientras leía. Su madre había descubierto la verdad igual que ellos y había intentado romper el ciclo.
¿Qué le ocurrió realmente a mi madre?, preguntó Carmen levantando la mirada hacia Isabel. Siempre me dijeron que murió en un accidente de coche. Isabel desvió la mirada hacia la ventana como si no pudiera soportar el peso de la verdad que estaba a punto de revelar. Tu madre planeaba fugarse con un profesor de música que conoció en la ciudad.
había preparado todo para llevarte con ella, lejos de esta familia y sus tradiciones enfermizas. Pero Ricardo lo descubrió. Un escalofrío recorrió la espalda de Carmen. ¿Estás diciendo que no sé exactamente qué ocurrió aquella noche, interrumpió Isabel? Ricardo se llevó a tu padre y a otros hombres de la familia para hablar con tu madre.
Cuando regresaron, dijeron que había habido un accidente, que el coche de Elena se había salido de la carretera en la curva del barranco. Carmen sintió que le faltaba el aire.Toda su vida había sido construida sobre mentiras. ¿Por qué no dijiste nada? ¿Por qué permitiste que me criaran para repetir el mismo patrón enfermizo? Los ojos de Isabel reflejaban décadas de culpa y remordimiento.
Tenía miedo, Carmen. Miedo por mi propia vida, por la de mi hijo. Esta familia no perdona a quienes amenazan sus tradiciones. Hizo una pausa. Pero no puedo seguir callando. No. Después de ver cómo Alejandro te mostró la misma verdad que descubrió tu madre. La historia está a punto de repetirse. Carmen se levantó bruscamente guardando las cartas en el bolsillo de su bata.
Tengo que encontrar a Alejandro. Tenemos que salir de aquí antes de que Un grito desgarrador interrumpió sus palabras. Un grito que parecía provenir del patio trasero de la mansión. Ambas mujeres corrieron hacia la ventana. En el jardín, varios trabajadores se habían congregado alrededor de algo o alguien. Isabel palideció.
Es Lucía”, susurró la hija del administrador. Carmen sintió que el suelo se desvanecía bajo sus pies cuando comprendió lo que estaba ocurriendo. Ricardo había descubierto la relación de Alejandro con Lucía y había actuado con la misma brutalidad con que lo hizo años atrás con su madre. Sin esperar a Isabel, Carmen salió corriendo de la habitación y bajó las escaleras a toda velocidad.
Al llegar al jardín se abrió paso entre los trabajadores. Lucía yacía en el suelo, inconsciente, con un hilo de sangre manando de su cabeza. A su lado, Alejandro soyozaba mientras intentaba reanimarla. ¿Qué ha sucedido?, preguntó Carmen, arrodillándose junto a ellos. La encontré así, respondió Manuel. El chóer parece que cayó desde el balcón del segundo piso, pero la mirada que Alejandro dirigió a Carmen decía otra cosa.
No había sido un accidente. Hay que llevarla al hospital rápido, ordenó Carmen. Ya he llamado a una ambulancia, dijo Dolores, que acababa de llegar con toallas limpias para detener la hemorragia. Mientras atendían a Lucía, Carmen notó que el Mercedes de Ricardo entraba por el portón principal. Su tío había regresado y su expresión al bajar del vehículo y observar la escena era de una calma aterradora.
“Qué desafortunado accidente”, comentó acercándose al grupo. “Estas viejas mansiones pueden ser peligrosas. Balcones inestables, escaleras resbaladizas. Sus ojos se encontraron con los de Carmen y en ellos vio una advertencia clara. Esto es lo que sucede a quienes desafían a la familia Valverde. La ambulancia llegó minutos después.
Mientras los paramédicos se llevaban a Lucía, Alejandro intentó subir con ella, pero Ricardo lo detuvo con un agarre férreo en el brazo. “Tú te quedas aquí, ordenó. Tenemos una reunión con el notario en menos de una hora. Las cuestiones familiares son prioritarias. Suéltame!”, gritó Alejandro forcejeando. Lucía podría estar muriendo.
Una tragedia, sin duda, respondió Ricardo con frialdad. Pero no es asunto tuyo. Tu deber está aquí con tu prometida, con tu familia. Carmen se interpuso entre ambos. Deja que vaya, tío. No puedes obligarnos a seguir con esta farsa después de lo que has hecho. Ricardo la miró con una sonrisa que no llegaba a sus ojos. Lo que yo he hecho.
Cuidado con tus acusaciones, sobrina. Los accidentes ocurren constantemente en esta familia. Sería una pena que tú también sufrieras uno. La amenaza quedó flotando en el aire, clara y letal. Carmen comprendió que estaban atrapados en un juego macabro donde las piezas habían sido colocadas siglos atrás y donde el precio de la rebelión podía ser la muerte misma.
Cuando la ambulancia se alejó, llevándose a Lucía, Carmen tomó la mano de Alejandro y la apretó con fuerza. En ese simple gesto se comunicaron más que con palabras. Iban a enfrentarse a Ricardo, pero necesitaban ser más inteligentes, más cautelosos. Sus vidas dependían de ello. El notario llegaría pronto y con él las cadenas legales que pretendían unirlos para continuar un ciclo de horror y deformidad.
Pero ahora conocían la verdad sobre su familia, sobre los niños deformes nacidos de la endogamia, sobre los accidentes que eliminaban a quienes amenazaban la tradición. Y mientras regresaban en silencio a la mansión, escoltados por la presencia intimidante de Ricardo, tanto Carmen como Alejandro, comenzaron a trazar en sus mentes un plan para escapar de aquel horror ancestral, antes de que se convirtieran en las siguientes víctimas de la obsesión Valverde por mantener la sangre y la fortuna dentro de la familia, sin importar el costo humano.
El despacho principal de la mansión Valverde había sido preparado meticulosamente para la reunión con el notario. Los antiguos muebles de Caoba brillaban bajo la luz que se filtraba por los ventanales, y los retratos de los patriarcas familiares parecían observar con aprobación desde las paredes. A las 10 en punto, el timbre de la entrada principal anunció la llegada del notarioMendoza.
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