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“Por favor, no tenemos dónde dormir…” El guardabosques encontró a dos niñas gemelas en su granero e hizo algo que hizo que todos…

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Álvaro se puso pálido.

¿Cómo que no? Soy su padre.

—Lo eras —corrigió Fidencio—. Ahora te lo tienes que ganar... si es que se puede ganar. Si te presentas hoy, los vuelves a romper. Daniela, seguro.

Álvaro cerró los ojos con fuerza.

“Entonces… ¿qué hago?”

Fidencio se quedó de pie y miró por la ventana. Afuera, empezaba a caer el primer frío intenso del año.

Espera. Cumple. Ayuda a su madre. Paga lo que debes. No exijas. No presiones. Y si algún día quieren verte... será porque realmente cambiaste, no por culpa.

Álvaro asintió, humillado.

“Dile… dile que los amo.”

Fidencio lo miró.

"Cuando llegue el momento."

Álvaro se fue sin mirar atrás.

Esa noche, Fidencio no les dijo nada a las chicas. Todavía no.

Cuando Olga salió del hospital, fue al pueblo a recogerlos. Estaba delgada, pálida, pero viva. Camila se aferró a su cuello, llorando. Daniela la abrazó fuerte, como si no quisiera soltarla nunca.

En la mesa de Fidencio, Olga lloró al escuchar todo.

"No sé cómo pagarte", dijo.

Fidencio meneó la cabeza.

“Simplemente… no los dejes solos con personas que no los merecen”.

Olga bajó la mirada, culpable.

“Yo… yo cometí un error.”

—Estabas enfermo —dijo Fidencio—. Eso no es un error. Eso es sobrevivir.

Olga lo miró como si nadie le hubiera hablado así en años.

—Vino Álvaro —confesó Fidencio—. Dice que lo siente.

Olga apretó los labios.

“No lo perdono.”

—No te pido que lo perdones —dijo Fidencio—. Solo digo que… a veces los niños necesitan que los adultos les den espacio para la reparación. Pero ellos lo decidirán.

Olga asintió, rota y fuerte al mismo tiempo.

Las niñas se fueron al día siguiente. Camila dejó su osito de peluche en el estante, dijo, «para que no se sienta solo». Daniela también dejó el suyo... sin palabras.

Cuando el tren desapareció, Fidencio regresó a su casa vacía, y esta vez la soledad se sintió diferente: ya no era calma… era ausencia.

Pero un mes después, Olga llamó. Y al mes siguiente también. Y en verano, volvieron.

Las gemelas crecieron visitándolo cada año. Daniela, poco a poco, dejó de ver a los adultos como enemigos. Camila siguió siendo una luz. Olga se convirtió en parte de esa extraña, improvisada y real familia.

Álvaro, con el tiempo, cumplió: pagó, ayudó, esperó. Y un día, cuando las niñas ya eran mayores, Daniela le dijo a Fidencio:

“No sé si lo perdono… pero ya no me duele igual.”

Fidencio se limitó a asentir.

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