“Eso también es curativo”.
Quince años después, Don Fidencio tenía sesenta y ocho. Caminaba más despacio, pero seguía preparando caldo de res como nadie. En su estante había fotos: Camila de maestra, Daniela de doctora. Olga sonriendo. Y dos niñas corriendo por el patio: las gemelas de Daniela, idénticas, como dos gotas de agua.
La vida a veces tiene un extraño sentido del humor.
Aquella tarde de verano, con el olor a hierba y leña, todos estaban a la mesa. Los niños reían, los adultos conversaban, las copas tintineaban.
“¿Recuerdas cuando nos encontraste en el cobertizo?” preguntó Camila.
“¿Cómo no?”, se quejó Fidencio, haciéndose el duro.
Daniela lo miró con calma.
“Ese día aprendí algo…”, dijo. “Que hay adultos que no te abandonan”.
Fidencio sintió que le escocían los ojos y se mantuvo ocupado sirviendo té.
La más pequeña, una gemela pecosa, tiró de su manga.
“Abuelo Fide… ¿por qué brillan los bichitos con luz?”
Fidencio sonrió.
Para que se encuentren. Hablan con luz.
La niña pensó y asintió.
—Entonces… nosotros también brillamos, ¿no? Para que podamos encontrarnos.
Fidencio miró su mesa llena, su familia hecha de casualidades y decisiones.
—Sí, mi dulce niña —susurró—. Brillamos... al encontrarnos.
Y mientras el sol se ponía tras los pinos, Don Fidencio comprendió por fin lo que la vida le había respondido aquel día en el cobertizo, cuando dos niñitas le pidieron un lugar para dormir:
Que a veces no tienes hijos…pero el amor te adopta igualmente.
Y si tienes suerte, se queda.