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“Por favor, no tenemos dónde dormir…” El guardabosques encontró a dos niñas gemelas en su granero e hizo algo que hizo que todos…

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Daniela se mordió el labio.

¿De verdad no vas a echarnos?

Fidencio se agachó frente a ella.

—Te lo dije. Cumplo mi palabra.

Daniela bajó la mirada.

“Mi papá también solía dar su palabra”.

Fidencio sintió un dolor antiguo, como si alguien tocara el lugar exacto que aún le dolía por la pérdida de Rebeca.

—No soy tu papá —dijo—. Solo soy alguien que quiere que estés bien. Y lo voy a hacer porque... es lo correcto.

Daniela lo miró un buen rato. Entonces vio los ositos de peluche.

“¿Y esos?”

"Para ti. Uno para cada uno."

Daniela cogió uno, lo examinó como si fuera un objeto extraño y lo apretó contra su pecho.

—Gracias, Don Fide —dijo y su voz se quebró por primera vez.

Los días siguientes fueron una experiencia de aprendizaje para todos.

Camila se adaptó rápidamente: hablaba, preguntaba, reía. Daniela era más dura: no hacía berrinches, no gritaba, no pedía nada... simplemente observaba. Todo lo que hacía Fidencio pasaba por un filtro invisible: ¿ es real o es solo otra actuación adulta?

Fidencio no la presionaba. Cocinaba, los llevaba a la escuela del pueblo, compraba cuadernos, aprendía a hacer trenzas torcidas y dejaba que lo corrigieran cuando escribía mal las letras «como se hacen ahora».

Una tarde, el maestro lo llamó:

Don Fidencio, las niñas son muy inteligentes. Daniela es rapidísima en matemáticas. Camila escribe de maravilla; inventa historias. Pero… Daniela vive en guardia. Cualquier cosa la asusta.

Fidencio apretó más el teléfono.

"Lo sé."

“Si necesitas apoyo… tenemos un psicólogo aquí”.

“Gracias…lo pensaré.”

Cuando Olga Cortés por fin pudo hablar, Camila lloró y rió a la vez. Daniela hablaba poco, pero su voz temblaba como un violín. Al colgar, ambas abrazaron a Fidencio sin decir palabra.

Y allí, en ese abrazo, Fidencio entendió una cosa: aquello ya no era “pasajero” para el corazón, aunque fuera para el calendario.

Un mes después, cuando los gemelos ya se habían acostumbrado a la rutina, ocurrió lo inesperado: Fidencio regresó del bosque y encontró a alguien esperándolo en la entrada.

Álvaro Gutiérrez.

Pero no traía la arrogancia de la primera vez. Tenía ojeras, el rostro desaliñado y los ojos rojos.

“Necesito hablar”, dijo.

Fidencio no se movió.

"¿Acerca de?"

Sobre… ellos. Sobre lo que hice.

Se sentaron en la cocina. Fidencio no se disculpó. Ofreció té, como hacen los ancianos de los pueblos pequeños cuando no saben dónde poner sus emociones.

Álvaro agarró la taza con ambas manos.

—Fui un cobarde —soltó—. Me dejé… me dejé arrastrar por alguien que me hacía sentir importante. Y terminé siendo… nada.

Fidencio no habló. Esperó.

—La dejé —dijo Álvaro, como si le hubiera costado caro—. Me marché. Y llevo días pensando en las niñas. En cómo las dejé ahí fuera. En el bosque. Podrían haber... podrían haber muerto.

Su voz se quebró.

Fidencio lo miró con la misma mirada de antes, pero ahora con una pregunta en su interior: ¿esto es real?

—Quiero verlos —suplicó Álvaro—. Para disculparme.

Fidencio respiró lentamente.

"No."

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