Primero se escuchó un crujido, como si la madera respirara.
Don Fidencio Herrera lo oyó desde el patio trasero al regresar con un montón de leña, recién cortada del montón junto a la cerca. Se detuvo en seco. El frío de la tarde le picaba la nariz, pero algo más lo paralizó: un crujido dentro del cobertizo, un movimiento leve y nervioso, como el de un animal buscando refugio.
"¿Será el zorro otra vez?", pensó. O quizá el gato del vecino, el que se coló para robar las tiras de carne seca que Fidencio colgaba bajo el tejado.
Dejó la leña lentamente, sin hacer ruido, y caminó hacia la puerta del cobertizo. Sus botas se hundieron en la tierra húmeda. Puso la mano en el pestillo, respiró hondo... y abrió.
En un rincón, sobre un abrigo viejo que llevaba meses diciendo que tiraría, había dos niñas idénticas, como clones. Delgadas, con enormes ojos asustados, con dos chaquetas azules iguales manchadas de tierra y agujas de pino. Se apretaban una contra la otra como si el mundo entero quisiera arrancárselas de allí.
Fidencio se quedó en la puerta, sin saber si parpadear o hablar.
—Por favor... —susurró el que estaba más cerca—. No nos eche, señor. No tenemos dónde dormir. Seremos muy silenciosos. No nos llevaremos nada.
La otra no lloraba. Lo miraba con una seriedad que no se ve en un niño. Era la clase de mirada que nace cuando ya has aprendido que los adultos prometen cosas... y luego se van.
Fidencio tenía cincuenta y tres años. Había pasado casi treinta años trabajando como guardabosques en un pueblito perdido entre pinos y colinas en Michoacán, cerca de Angangueo. Lo había visto todo: cazadores furtivos, gente que se perdía buscando hongos, turistas que dejaban basura como si el bosque fuera un vertedero... incluso un puma, una vez, cruzando el sendero con la elegancia de un fantasma.
Pero las chicas en su cobertizo, nunca.
Se agachó con un gruñido. Le crujieron las rodillas.
—¿De dónde vienes? —preguntó, intentando que su voz sonara suave.
Su voz, ronca y áspera por tanto café y tanto humo, no ayudó.
Las chicas se miraron unas a otras.
—De la Ciudad de México —dijo el que había suplicado—. Venimos con nuestro papá.
“¿Y tu papá?”
La niña apretó los labios. Le temblaba la barbilla.
El otro respondió por ambos, secamente:
“Nos echó.”
Un escalofrío le subió al pecho a Fidencio. Conocía esa sensación: era la furia que aparecía solo en contadas ocasiones... y cuando lo hacía, alguien terminaba arrepintiéndose.
“¿Cómo se llaman?” preguntó lentamente, como quien pisa hielo.
—Soy Camila —dijo la primera—. Y ella es Daniela. Tenemos siete años. Somos gemelas.
—Ya lo veo —asintió Fidencio—. ¿Dónde vive ese papá?
Daniela señaló con la barbilla hacia la carretera.
En una casa grande con techo azul, allá al borde del bosque. La compró un hombre de la capital.
Fidencio conocía esa casa. El dueño aparecía de vez en cuando, siempre con una camioneta nueva, hablando en voz alta por teléfono, mirando a la gente del pueblo como si fueran parte del paisaje.
—¿Por qué te echó? —preguntó Fidencio apretando la mandíbula.
Camila bajó la mirada.
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