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Pidió ver a su hija antes de morir… lo que ella le dijo cambió su destino para siempre.

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Entonces Aurelio validó un testamento sospechoso que beneficiaba a Gonzalo. Luego se convirtió en fiscal y llevó el caso contra Ramiro.

Y ahora ambos son socios en negocios inmobiliarios. Hay más, dijo Carlos bajando la voz. Sara Fuentes trabajaba como contadora antes de casarse.

Hace 5 años, semanas antes de morir, solicitó copias de varios documentos legales de la familia Fuentes, incluyendo el testamento original de sus suegros.

El testamento original, diferente al que validó Aurelio.

En el original, las tierras se dividían entre ambos hermanos. Dolores comprendió todo. Sara descubrió que el testamento era falso, iba a denunciarlo y alguien la silenció antes de que pudiera hacerlo.

Esa noche Carmela llamó a Dolores con voz temblorosa. Tiene que venir, es sobre Salomé.

Hay algo que necesita ver. Dolores llegó al hogar una hora después. Carmela la esperaba en su oficina con expresión grave.

“La niña tiene pesadillas todas las noches”, dijo Carmela. “Pero hay algo que no le conté antes, algo que me daba miedo mencionar.” ¿Qué es?

Grita un nombre. Todas las noches el mismo nombre. Pero no es el de su padre ni el de su madre, es otro nombre. ¿Cuál? Martín. Grita Martín, “Ayúdame una y otra vez. Dolores frunció el seño.

Ese nombre no aparecía en ningún documento de Inosinot. Caso. ¿Quién es Martín? No lo sabía hasta que revisé los registros de empleo de la familia Fuentes.

Martín Reyes era el jardinero. Trabajó para ellos durante 3 años y desapareció una semana después de que Sara muriera.

Nadie lo buscó, nadie preguntó por él

. Desapareció sin dejar rastro. Su madre vive en un pueblo pequeño a 4 horas de aquí. Presentó una denuncia por desaparición, pero la policía nunca investigó.

El caso se archivó. Dolores sintió un escalofrío, un testigo potencial que desaparece justo después del crimen. Un nombre que una niña traumatizada grita en sus pesadillas.

Esto era más grande de lo que imaginaba.

 

Necesito la dirección de la madre de Martín”, dijo Dolores. “Ya la tengo.” Carmela le entregó un papel.

“Pero tenga cuidado, señora. Quien hizo desaparecer a ese hombre puede hacerla desaparecer a usted también.”

Dolores guardó el papel en su bolsillo. “A mi edad, Carmela, ya no le tengo miedo a desaparecer. Le tengo miedo a desaparecer sin haber hecho justicia.

5 años antes, dos semanas antes de la tragedia, la oficina de Gonzalo Fuentes estaba en el décimo piso de un edificio de cristal en el centro financiero.

Sara entró sin avisar con un folder manila en las manos y fuego en los ojos.

¿Qué significa esto?, preguntó arrojando los documentos sobre el escritorio de Gonzalo. Él los miró sin inmutarse. Sara, ¿qué sorpresa?

¿No deberías estar cuidando a mi sobrina? No cambies el tema. Encontré el testamento original de tus padres, el verdadero.

Ramiro tenía derecho a la mitad de esas tierras. Las falsificaste. Gonzalo se levantó despacio, cerrando la puerta de su oficina.

Cuidado con las acusaciones, cuñada. Son palabras muy graves. No son acusaciones, son hechos. Contraté a un experto. La firma del testamento que presentaste es falsa.

Los trazos no coinciden. Voy a denunciarte, Gonzalo.

Voy a hacer que Ramiro recupere lo que le robaste. Gonzalo caminó hacia ella con calma calculada. ¿Y crees que alguien te va a creer? Mi socio Aurelio es fiscal.

Mis contactos llegan hasta el gobernador. Tu palabra contra la mía no vale nada. Tengo pruebas. Las pruebas pueden desaparecer, las personas también.

Sara sintió el peso de la amenaza, pero no retrocedió. Tienes una semana para devolver lo que robaste. Si no lo haces, voy a la policía.

Voy a los periódicos. Voy a donde sea necesario.

Gonzalo sonrió. Esa sonrisa fría que Sara había aprendido a temer. Una semana entendido. Afuera de la oficina alguien había escuchado toda la conversación.

Martín Reyes, el jardinero, había venido a entregar unos documentos y se había quedado paralizado detrás de la puerta. Lo que acababa de escuchar podía costarle la vida y no se equivocaba.

El pueblo donde vivía la madre de Martín se llamaba San Jerónimo.

Era un lugar olvidado por el tiempo, con calles de tierra y casas de adobe que parecían sostenerse por milagro.

Dolores llegó después de 4 horas de camino. Encontró la casa de Consuelo Reyes, al final de una calle sin pavimentar, junto a un árbol de mango que daba sombra a medio patio.

Consuelo era una mujer de 75 años con el rostro marcado por décadas de trabajo duro y años recientes de dolor.

Abrió la puerta con desconfianza. ¿Qué quiere?

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