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“Papá me dijo que depositara esto”, dijo la mujer sin hogar… y la cantidad dejó a todos en shock…

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Vieron una historia que ya querían creer.

“Manos detrás de la espalda”, ordenó un oficial.

El corazón de Catarina latía con fuerza. "Por favor", dijo, con la voz temblorosa por el pánico. "No he hecho nada... por favor, solo llama a mi padre..."

El frío metal de las esposas se cerró alrededor de sus muñecas.

Dolió, pero no tanto como el sonido que siguió: teléfonos saliendo, cámaras encendiéndose, susurros creciendo hasta convertirse en una charla excitada.

Una niña de trece años, esposada. Un espectáculo. Un escándalo. Algo para publicar y reír después.

Las mejillas de Catarina ardían mientras la sacaban afuera, con su vieja mochila aún colgada del hombro como una broma cruel. El dinero que las había hecho callar ahora las llenaba de hambre: hambre de drama, hambre de alguien a quien castigar.

La empujaron hacia la parte trasera del coche de policía.

La puerta se cerró de golpe.

Y en ese momento, mirando su reflejo sucio en la ventana oscura, Catarina sintió algo que nunca antes había sentido.

No sólo vergüenza.

No sólo miedo.

Traición.

Porque ella había creído, como todavía lo cree a veces un niño, que si decías la verdad con suficiente calma, los adultos escucharían.

En la estación, el tiempo se convirtió en un borrón de luces fluorescentes y miradas frías.

Anotaron su nombre. Le tomaron las huellas dactilares. Le hicieron preguntas como si fuera una delincuente adulta. Cada respuesta que daba generaba dudas. Cada intento de explicación era interrumpido.

“No hay historias”, espetó un oficial.

«¿De dónde lo sacaste realmente?», preguntó otro.

Cuando ella pidió llamar a su padre, fue ignorada.

Ella estaba sentada en una silla dura, con las muñecas doloridas y los ojos húmedos, tratando de no llorar porque no quería darle esa satisfacción a nadie.

Pasaron dos horas.

Parecía que habían pasado dos años.

Entonces se abrió la puerta principal de la estación.

Un hombre entró con un traje impecable, corbata azul marino y zapatos lustrados. Llevaba un maletín de cuero y se erguía como alguien a quien nadie importante le había dicho que no.

Detrás de él venía un hombre mayor, de pelo gris, gafas y un rostro serio.

El aire en la habitación cambió.

Incluso los oficiales se enderezaron.

—Buenas tardes —dijo el hombre mayor con calma—. Soy el Dr. Raúl Menezes, abogado.

Colocó el maletín sobre el escritorio con un golpe silencioso que sonó como control.

—Y este —continuó, girándose ligeramente— es Henrique Souza. Empresario agrícola. Multimillonario. Y padre de la chica a la que acabas de esposar como si fuera una ladrona.

A Catarina se le cortó la respiración.

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