La zona mixta estaba llena de reporteros esperando declaraciones de la favorita derrotada. Los micrófonos se estiraban como lanzas hacia la campeona japonesa. Querían su reacción. Querían lágrimas. Querían orgullo herido.
La mexicana quedó unos pasos atrás, casi fuera del encuadre.
Hasta que alguien gritó:
—¡Oye, la ganadora está allá!
Las cámaras giraron.
Ella se quitaba los tenis con calma, sentada en el suelo, como si acabara de terminar un entrenamiento cualquiera.
Un periodista le preguntó:
—¿Escuchaste lo que dijo tu rival ayer?
Ella levantó la vista. Sonrió apenas.
—Sí.
—¿Te motivó?
Se quedó pensando unos segundos.
—No.
El silencio fue incómodo.
—Entonces… ¿qué pasó en la curva?
La joven respiró profundo.
—Recordé por qué corro.
Nada espectacular. Nada arrogante.
En ese momento, la campeona japonesa se acercó. Sin traductor. Sin prensa en medio.
Se quedaron frente a frente.
La japonesa hizo una pequeña reverencia.
—Eres fuerte —dijo en inglés—. Subestimé a México.
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