ANUNCIO

NIÑA P0BRE ENCUENTRA TR!LL!ZOS ABAND0NADOS… Y NO SABE QUE SON LOS HIJOS PERD!DOS DE UN MILL0NARIO-nana

ANUNCIO
ANUNCIO

Silencio.

Sofía sintió que el aire se detuvo.

—¿Qué sabes? —preguntó una voz masculina, tensa.

Doña Rosa miró a Sofía, como preguntándole si estaba segura.

Sofía asintió.

—Una niña los encontró… están vivos. Pero alguien los busca antes que el padre.

Raúl maldijo en voz baja.

—Rosa… eso es peligroso. Si alguien te oye, estás muerta.

—Entonces dime qué hacer —respondió ella.

Raúl respiró fuerte.

—Hay un hombre en esa historia que no quieren que aparezca. Un tal Mauricio Rivas. Abogado. Mano derecha de Salazar. Pero no es de confianza.

Sofía frunció el ceño.

—¿Por qué?

Raúl respondió:

—Porque Mauricio fue el último que vio a los niños antes de desaparecer. Y ahora se mueve como si estuviera limpiando huellas.

Doña Rosa tragó saliva.

—¿Y Diego Salazar?

—Está desesperado. Pero también está rodeado de buitres. La recompensa es real… y hay gente que quiere cobrarla sin importar el precio.

Sofía se sintió mareada.

Diez millones por ellos.

¿Y si el sedán negro era de alguien que quería venderlos? ¿o peor?

Raúl continuó:

—Escuchen. No llamen a la policía. No vayan a hospitales. Si los bebés aparecen en un registro, se enteran. Lo único que pueden hacer es contactar a Diego directamente.

Doña Rosa dudó.

—¿Cómo?

Raúl soltó una risa amarga.

—Ese hombre vive detrás de muros. Pero hoy dará una rueda de prensa en el Hotel Imperial. Va a hablar de la desaparición. Si quieren llegar a él, ese es el lugar.

Sofía abrió los ojos.

—¿Hotel Imperial? Eso queda al otro lado de la ciudad…

Raúl respondió:

—Sí. Y si van, vayan como sombras. No llamen la atención. Y por el amor de Dios… no lleven a los bebés a plena vista.

La llamada se cortó.

Sofía miró a Doña Rosa.

—Tengo que ir.

Doña Rosa la miró como si quisiera decirle “no”, pero sabía que era verdad.

—Te voy a ayudar —dijo finalmente—. Pero vamos a hacerlo bien.

Ese mismo día, Doña Rosa consiguió una mochila grande, una manta gruesa y un gorro viejo. Sofía regresó al almacén por rutas diferentes, revisando siempre atrás. Cada esquina parecía esconder un ojo.

Cuando llegó, encontró la puerta entreabierta.

Su corazón se detuvo.

—No… no… no… —susurró.

Entró corriendo.

Los bebés estaban allí.

Pero algo había cambiado.

Había huellas de botas en el suelo mojado. Y una de las mantas estaba levantada, como si alguien hubiera revisado.

Sofía sintió que le temblaban las rodillas.

“Alguien entró.”

Continúa leyendo con «SIGUIENTE »»»

ANUNCIO
ANUNCIO