ANUNCIO

NIÑA P0BRE ENCUENTRA TR!LL!ZOS ABAND0NADOS… Y NO SABE QUE SON LOS HIJOS PERD!DOS DE UN MILL0NARIO-nana

ANUNCIO
ANUNCIO

Se acercó a los bebés. Estaban bien, pero asustados. Uno lloraba suave. Sofía los abrazó a los tres, como si pudiera cubrirlos con su cuerpo.

—No les voy a fallar —dijo con la voz rota.

Doña Rosa llegó detrás, jadeando.

—¿Qué pasó?

Sofía señaló las huellas.

Doña Rosa se llevó una mano a la boca.

—Nos encontraron…

No había tiempo.

Metieron a los bebés en la mochila con cuidado, acomodándolos con la manta para que respiraran bien. Sofía se la colgó al frente, como si cargara un tesoro frágil.

Salieron del almacén sin mirar atrás.

El camino al Hotel Imperial fue un mapa de miedo. Autobuses llenos. Miradas curiosas. Policías en esquinas. Sofía evitaba todo. Doña Rosa hablaba lo mínimo.

Al llegar al centro, el contraste golpeó a Sofía: calles limpias, vitrinas brillantes, gente elegante. Allí, su ropa vieja parecía gritar pobreza.

Y aun así, caminó.

Porque detrás de ella había tres vidas.

El Hotel Imperial era enorme. Frente a la entrada, cámaras, reporteros, guardias. Sofía sintió que no pertenecía. Pero Doña Rosa la empujó suavemente.

—Recuerda por qué estás aquí —susurró.

Sofía avanzó entre piernas y maletines. Se coló por un costado, cerca de una columna, escondiendo la mochila bajo la manta.

En el escenario improvisado, apareció Diego Salazar.

Alto. Traje oscuro. Ojos cansados. Un hombre que parecía de piedra… pero que tenía el dolor en la mandíbula apretada.

Los reporteros gritaron preguntas.

—¿Señor Salazar, es cierto que pagará diez millones?

—¿Cree que fue un secuestro?

—¿Hay sospechosos?

Diego levantó la mano. Silencio.

Su voz fue firme, pero se quebró en una palabra:

—Son mis hijos. Y los quiero de vuelta. Vivos.

Sofía sintió un nudo en la garganta.

Diego continuó:

—A quien los tenga… no le haré daño. Solo… entréguelos. Por favor.

Esa palabra, “por favor”, no sonaba a millonario. Sonaba a padre.

Sofía dio un paso.

Doña Rosa la sujetó.

—No aquí —susurró—. Hay demasiados ojos.

Pero Sofía ya había visto algo que la congeló: un hombre entre la multitud, con la misma silueta del sedán negro. Y no estaba mirando a Diego.

Estaba mirando a Sofía.

Sofía retrocedió.

El hombre empezó a moverse hacia ellas.

Doña Rosa lo vio.

—¡Corre! —dijo.

Sofía corrió.

Empujó gente. Se metió entre cámaras. Escuchó gritos. Sintió una mano rozar su hombro. Apretó la mochila contra su pecho.

Salió por una puerta lateral del hotel y se lanzó hacia un callejón.

El hombre venía detrás.

Sofía respiraba fuego. Las piernas le dolían. Pero no se detuvo.

De pronto, una camioneta blanca se atravesó frente a ella.

Se abrieron las puertas.

Dos hombres bajaron.

—¡Ahí está! —gritó uno.

Sofía giró para volver, pero el del sedán negro ya estaba detrás.

La atraparon.

Sofía gritó.

Doña Rosa apareció como un rayo, golpeando a uno con su bolso.

—¡Suéltala!

Continúa leyendo con «SIGUIENTE »»»

ANUNCIO
ANUNCIO