Sofía se quedó inmóvil bajo la lluvia. El sedán negro no era del vecindario. No era de un vecino. No era de alguien que buscara estacionamiento. Era un auto que parecía hecho para perseguir, para esperar, para intimidar.

Doña Rosa había dicho mil veces que en Los Álamos uno aprendía a leer el peligro como se lee un letrero en la calle. Y ese sedán gritaba peligro.
Sofía retrocedió un paso. Luego otro. La canasta de mimbre estaba en su escondite, a varias cuadras, y aun así sintió como si los bebés estuvieran ahí mismo, en sus brazos. Vulnerables. Sin defensa.
“Si me siguen a mí, los encuentran a ellos.”
Ese pensamiento la atravesó como un cuchillo.
Giró sobre sus talones y se alejó lo más silenciosa posible. No corrió. Todavía no. Primero necesitaba comprobar si el sedán tenía a alguien dentro.
Miró de reojo.
Las ventanas estaban polarizadas, pero alcanzó a distinguir una silueta: un hombre en el asiento del conductor. No fumaba. No hablaba por teléfono. Solo esperaba.
Sofía apretó los puños y se obligó a caminar como si no hubiera visto nada. Cada paso era un esfuerzo. Sus piernas querían correr, pero sabía que correr confirmaría el miedo.
Dobló la esquina. Luego otra.
Y entonces sí: corrió.

El almacén abandonado era su refugio, su secreto. Nadie debía saber que allí dormía. Nadie debía saber que allí escondía tres vidas.
Cuando llegó, jadeando, se pegó a la pared y escuchó. Solo el sonido de la lluvia. Solo el viento entrando por una rendija del metal oxidado.
Entró con cuidado.
Y lo primero que escuchó fue un llanto.
Uno de los bebés había despertado. Sofía encendió una vela pequeña y se acercó. Los trillizos estaban juntos, envueltos en lo poco que ella había conseguido: una manta vieja y un pedazo de tela que Doña Rosa le regaló.
—Shhh… aquí estoy… —susurró, acariciando la cabeza del bebé—. No tengan miedo.
Los otros dos también comenzaron a moverse, como si sintieran el temblor en la voz de Sofía. Ella respiró hondo, tragándose el pánico.
No podía derrumbarse. No ahora.
Les dio un poco de leche aguada. No era lo ideal, pero era lo único. Mientras los alimentaba, su mente iba rápido: ¿quién los buscaba? ¿por qué un sedán negro frente a la casa de Doña Rosa? ¿cómo supieron?
La respuesta era obvia: la recompensa.
En la ciudad se hablaba de Diego Salazar como si fuera un mito. El billonario joven, frío, intocable. El hombre que lo tenía todo… excepto a sus hijos. Y cuando un hombre así perdía algo, el mundo entero corría a buscarlo.
Diez millones de pesos.
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