—Sé que mi hija respiró 5 años mientras yo le llevaba flores a una mentira.
La puerta principal cayó con un estruendo. Entraron más agentes.
Daniel, acorralado, encendió el encendedor.
No quedó claro si quería asustar o matar.
Pero la llama cayó.
El patio prendió en una línea azul y naranja.
Todo se volvió humo, gritos y pasos.
Un agente derribó a doña Lucía. César se lanzó sobre Daniel. Rosa se arrastró hasta Jimena mientras el fuego lamía las cajas de veladoras y las flores secas.
—Mamá, vete —dijo Jimena.
—No me voy sin ti otra vez.
Rosa la abrazó por debajo de los brazos. Pesaba casi nada. Era como cargar un recuerdo, pero caliente, vivo, temblando.
Marta apareció junto a la cerca con un extintor de una patrulla.
—¡Rosa, por acá!
No supieron cómo cruzaron.
No supieron quién apagó el fuego.
Rosa solo supo que, al llegar a la terracería, Jimena se colgó de su cuello y lloró como cuando era niña.
La ambulancia llegó con luces rojas pintando los invernaderos.
Una paramédica cubrió a Jimena con una manta y le preguntó su nombre.
Jimena tardó en responder.
Luego miró a Rosa.
—Jimena Ferreira Salgado. Hija de Rosa Salgado.
Rosa se llevó la mano a la boca.
Daniel, esposado junto a la patrulla, todavía intentó hablar.
—Rosa, yo la cuidé. Ella estaba enferma. Usted no entiende.
Jimena levantó la cabeza desde la camilla.
Su voz salió débil, pero clarísima.
—Me encerraste porque ya no quise ser tuya.
Nadie dijo nada.
Hasta los perros parecieron callarse.
Doña Lucía gritaba que todo era mentira, que su hijo era bueno, que una madre hace cualquier cosa por un hijo.
Rosa la miró y pensó que sí.
Una madre hace cualquier cosa.
Pero no para tapar un crimen.
Una madre hace cualquier cosa para abrir una puerta.
En el hospital, Jimena durmió con la mano de Rosa entre las suyas. Tenía marcas viejas en los brazos y miedo pegado en los párpados. Cada vez que alguien abría la puerta, se estremecía.
Rosa le cantó bajito la canción que le cantaba cuando tenía fiebre.
Marta rezó el rosario en una silla.
César entró y salió con papeles, llamadas, médicos y declaraciones.
Al mediodía, Jimena despertó.
—¿Mi tumba? —preguntó.
Rosa tragó saliva.
—Sigue ahí.
—¿Me llevabas flores?
—Cada mes.
Jimena apretó sus dedos.
—Yo soñaba con flores. No sabía si eran recuerdos o si eras tú buscándome.
Rosa se quebró.
—Perdóname, hija.
Jimena negó despacio.
—No, mamá. Yo sabía que vendrías. Aunque todos dijeran que yo estaba muerta.
3 días después, Rosa regresó a su departamento en Portales.
La cocina todavía olía un poco a caldo quemado. Sobre la mesa había granos de arroz pegados, como testigos.
Se paró frente a la foto de graduación de Jimena.
Quitó el moño negro.
Quitó la flor seca.
Quitó el vaso de agua de los muertos.
Luego puso una taza de café con leche, un pan dulce de la panadería y una blusa amarilla limpia sobre la silla.
Porque su hija ya no necesitaba altar.
Necesitaba casa.
Esa noche, Jimena entró despacio, apoyada en el brazo de Rosa. Miró la mesa, la estufa, la ventana y escuchó el grito lejano del tamalero.
Lloró sin hacer ruido.
Rosa la sentó donde desayunaba de niña.
—¿Quieres caldito?
Jimena sonrió apenas.
—De fideo.
Rosa puso la olla en la lumbre.
Esta vez no dejó que se quemara.
Mientras el caldo hervía, Jimena recargó la cabeza en el hombro de su madre.
Afuera alguien vendía elotes. Un perro ladró. La vida volvió a empujar la puerta.
Y Rosa, después de 5 años respirando como muerta, volvió a respirar con su hija.
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