El licenciado Salgado puso una carpeta sobre la mesa.
—La señora Mariana es propietaria única de esta casa y accionista mayoritaria de Grupo Aranda Construcciones. Usted, señor Ricardo, solo tenía poder administrativo. Ese poder termina desde el momento en que ella se presenta viva y legalmente capaz.
Ricardo golpeó la mesa.
—¡Yo levanté esa empresa!
—Con dinero de ella —respondió el abogado—. Y eso también lo vamos a revisar.
Entonces Ricardo cambió. La vergüenza desapareció de su cara. Solo quedó codicia.
—Mariana, no seas tonta. Podemos arreglarnos. Dame acceso a la caja fuerte de tu papá y yo me voy.
Sentí un escalofrío.
La caja fuerte.
Mi padre la había dejado en la recámara principal. Ricardo siempre creyó que ahí había joyas, escrituras secretas o dinero. Durante años intentó que yo la abriera. Yo nunca lo hice porque la llave estaba conmigo, colgada al cuello, como recuerdo de mi madre.
Brenda tomó su celular a escondidas.
—Ven rápido —susurró—. Se puso feo.
El abogado me miró. Yo entendí.
—Llame a la policía —le dije en voz baja.
Diez minutos después, la puerta se abrió de golpe.
Entró un hombre con cicatriz en la cara, botas pesadas y dos tipos detrás. Brenda corrió hacia él.
—Vicho, ayúdanos.
Ricardo no pareció sorprendido.
—Quítale la llave —ordenó, señalando mi cuello.
El hombre sonrió.
—Con gusto.
El licenciado Salgado se puso frente a mí.
—Esto es allanamiento y robo. La policía viene en camino.
El hombre lo empujó contra una vitrina. El vidrio se rompió. Yo grité su nombre, pero el tipo ya estaba frente a mí, sacando una navaja.
—No queremos lastimarte, güerita. Solo danos lo que no es tuyo.
En ese momento entendí el tamaño del engaño. Brenda no era solo amante. Su familia estaba metida. Ricardo no había caído por amor, sino por ambición. Había entregado mi casa a gente peligrosa.
El hombre acercó la navaja a mi cuello.
—La llave.
Continúa leyendo con «SIGUIENTE »»»