Yo levanté las manos, fingiendo rendirme.
—Está bien.
Sus ojos bajaron al dije. Aflojó la presión un segundo. Solo uno.
A mi lado, junto a la entrada, estaba la pala de jardinería de mi madre. La misma con la que ella cuidaba sus bugambilias.
La tomé y golpeé con todas mis fuerzas.
El hombre cayó al suelo.
Los otros dos avanzaron hacia mí, pero Ricardo fue más rápido. No para defenderme. Para arrancarme la cadena del cuello.
—¡Es mía! —gritó, jalándome hasta tirarme al piso—. ¡Todo esto debió ser mío!
Sentí que me ahogaba. Sus manos me apretaban la garganta mientras Brenda lloraba y doña Elvira gritaba:
—¡Agárrala bien, hijo! ¡Que no se te escape!
Entonces las sirenas sonaron afuera.
La puerta volvió a abrirse.
—¡Policía! ¡Todos contra la pared!
Ricardo se quedó congelado con mi collar en la mano.
Por primera vez en cinco años, vi miedo verdadero en sus ojos.
Pero todavía faltaba abrir la caja fuerte.
Y lo que había dentro iba a destruir la última mentira que les quedaba…
PARTE 3
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