Teresa respiró profundo.
—Pero lo peor no fueron las plantas. Lo peor fue pensar que podían meter a sus papás en la cama donde mi esposo murió. La cama donde me pidió que no dejara que nadie me sacara de mi lugar.
La señora Graciela empezó a llorar.
—Yo no sabía eso, se lo juro.
—Pues ahora ya lo sabe —dijo Teresa—. Y también sabe que su hija no quería un cuarto para ustedes. Quería probar hasta dónde podía borrarme.
Brenda soltó una risa amarga.
—Ay, por favor. Todos hablan como si ella fuera santa. Pero aquí la que no suelta el pasado es ella. Andrés y yo también tenemos derecho a vivir cómodos.
Andrés la miró con los ojos rojos.
—Vivir cómodos no significa pisar a mi madre.
—¿Entonces qué? ¿Vas a elegirla a ella?
La pregunta quedó flotando como cuchillo.
Teresa sintió que el corazón le golpeaba fuerte.
No quería obligar a su hijo.
No quería ganarlo como si fuera una pelea.
Solo quería que abriera los ojos.
Andrés miró la foto de su padre sobre la mesa.
Luego miró a su madre.
—Yo ya la había elegido desde hace años, Brenda. Pero elegí mal. Te elegí a ti cada vez que me quedé callado.
Brenda empezó a llorar.
—Soy tu esposa.
—Y ella es mi madre. La mujer que se quedó sin comer para pagarme la prepa. La mujer que cuidó a mi papá hasta el último día. La mujer a la que tú llamaste estorbo en su propia casa.
El licenciado sacó otro documento.
—Además, doña Teresa actualizó su testamento. La propiedad queda protegida. Nadie podrá venderla, presionarla, ocuparla ni disponer de ella mientras la señora viva. Cualquier intento de manipulación patrimonial será denunciado.
Brenda abrió la boca.
—¿Cambió el testamento?
Ahí todos entendieron.
El dolor de Teresa se transformó en claridad.
Brenda no estaba llorando por perder a Andrés.
Estaba llorando por perder la casa.
Andrés también lo entendió.
Y esa fue la verdadera puñalada.
—Entonces sí era por la casa —susurró él.
Brenda se limpió las lágrimas con rabia.
—No seas ridículo.
—Preguntaste por el testamento antes de preguntarme si estaba bien.
La sala quedó muda.
Octavio tomó una maleta.
—Vámonos, Graciela.
Brenda volteó hacia su padre.
—¿También ustedes me van a dejar sola?
Graciela lloraba, pero esta vez no la defendió.
—No estás sola, hija. Estás enfrentando lo que hiciste.
Brenda miró a Andrés.
—No puedes correrme así.
Andrés subió las escaleras sin decir nada.
Durante varios minutos se escucharon cajones, pasos y puertas abriéndose.
Teresa se quedó sentada, con las manos sobre las rodillas.
No celebraba.
No quería venganza.
Le dolía ver a su hijo romperse.
Pero también sabía que hay dolores que salvan.
Andrés bajó con 2 maletas.
Las puso junto a la entrada.
—Pedí un taxi. Llega en 8 minutos.
Brenda se acercó a él.
—Andrés, por favor. Podemos arreglarlo.
Él negó despacio.
—No hoy. No mientras sigas pensando que pedir perdón es perder.
Brenda quiso abrazarlo, pero él se hizo a un lado.
Octavio cargó las maletas de su esposa.
Graciela se acercó a Teresa.
—Perdóneme. De verdad. Yo también empujé sin saber el daño.
Teresa la miró con cansancio.
—A veces las madres creemos que proteger a los hijos es darles la razón. Pero también hay que enseñarles vergüenza.
Graciela agachó la cabeza.
Brenda salió sin despedirse.
Azotó la puerta con tanta fuerza que tembló el retrato de Ernesto.
La casa quedó en silencio.
Andrés se sentó en el sillón y se cubrió la cara.
—Mamá… perdóname. Yo sí escuchaba. Sí veía. Pero me hice güey porque era más fácil.
Teresa se sentó a su lado.
Por un momento no dijo nada.
Luego le puso la mano en la espalda, como cuando era niño y tenía fiebre.
—Lo fácil también lastima, mijo.
Andrés lloró.
No como adulto orgulloso.
Lloró como hijo que por fin entiende tarde.
—Papá me hubiera dado una cachetada.
Teresa sonrió triste.
Continúa leyendo con «SIGUIENTE »»»