Se me hizo raro, pero acepté. Fuimos hacia una carretera solitaria rumbo a Morelos, casi desierta. Y entonces apareció. Andrés, preguntó sintiendo que el corazón se me apretaba. Ricardo avanzando con lágrimas comenzando a formarse en sus ojos. Me sacaron del coche a la fuerza. Andrés traía un tubo de metal. Él me golpeó varias veces en la cabeza, en la espalda, en el estómago. Intenté defenderme, pero él era más grande, más fuerte. Y Beatriz, mamá. Beatriz me agarraba los brazos por la espalda, lo ayudaba, se reía.
Se reía mientras él me golpeaba. Las lágrimas bajaron por mi rostro. mi hijo, mi niño golpeado por su propia esposa. Y luego, ¿cómo escaparte? ¿Cómo es que estás vivo? Creyeron que me habían matado. Dejé de moverme, dejé de gritar. Me quedé completamente inmóvil. Andrés me pateó las costillas una última vez y no reaccioné. dijo: “Ya estuvo, vamos a terminar esto”. Me aventaron dentro del coche, de mi propio coche, me pusieron en el asiento del conductor, rociaron gasolina adentro y empujaron el coche fuera de la carretera.
Se fue rodando. Chocó con un árbol. El impacto me despertó. Todo estaba empezando a incendiarse. Logré abrir la puerta, arrastrarme fuera antes de que explote. Me escondí entre los matorrales. Esperé, esperé horas hasta que se oscureció. Su voz estaba fallando ahora. Cada palabra era un esfuerzo. Cuando anocheció, empezó a caminar. No podía ir al hospital. Me buscarían ahí. No podía llamar a nadie. Mi celular se quedó en el coche, así que vine para acá caminando, cojeando, parando en cada esquina porque el dolor era demasiado.
Tardé horas, pero necesitaba llegar aquí. Necesitaba llegar con mi mamá. Lo abracé con cuidado de no lastimarlo más y lloré. Lloré por todo, por su dolor, por la traición, por la maldad, por la crueldad, pero también sentí algo más creciendo dentro de mí. Determinación, rabia dirigida, ganas de luchar. Ricardo dije firme secándome las lágrimas. Si ella cree que estás muerto, vamos a dejar que lo piense, vamos a dejar que se sienta segura, que planee su siguiente paso, que gaste el dinero que cree que va a recibir y entonces cuando menos lo espere, la vamos a destruir.
Vamos a hacer que pagar por todo, por cada herida, por cada mentira. Él me miró y por primera vez desde que llegó vi un destello de esperanza en sus ojos. ¿Tienes un plan, mamá? Sonreí. una sonrisa fría, determinada de una mujer que acababa de descubrir de qué era capaz. Todavía no, pero lo tendré. Diez por seguro que lo tendré. Pasé toda la madrugada cuidando de Ricardo. No podía ir al hospital. Sería demasiado arriesgado. Si lo registraban en algún sistema, Beatriz y Andrés lo descubrirían y lo intentarían de nuevo.
Esta vez terminarían el trabajo. Así que hice lo que pude con lo que tenía en casa. Limpié todas las heridas con agua oxigenada. Ricardo gemía de dolor con cada toque, pero aguantaba firme. Le entablillé el brazo con unas vendas que tenía guardadas de cuando me lastimé la muñeca hace años. Le di los analgésicos más fuertes que tenía, los que uso para la artritis en las rodillas. Improvisamos una férula para el brazo usando revistas viejas y más vendas.
No era lo ideal, pero funcionaría hasta conseguir un médico de confianza. Las quemaduras en el pecho eran superficiales, probablemente del inicio del incendio antes de que lograra salir. Le puse pomada para quemaduras y lo cubrí con gasas. Cuando el sol empezó a salir, como a las 5:30 de la mañana, finalmente se quedó dormido en el sofá de la sala. Lo tape con dos cobijas gruesas. Estaba temblando, probablemente por el shock. Me quedé sentado en la silla de al lado, solo observándolo, viendo cómo subía y bajaba su pecho.
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