Ricardo ya debía estar en el hotel, las 2:30. Beatriz probablemente ya iba en camino. Las 2:45, 15 minutos para el encuentro. Las 3 de la tarde. Mi celular sonó. Era el licenciado Alberto. Ya llegó, dijo en voz baja. Va subiendo. Trae una maleta. Seguramente es el dinero. Andrés ya está en el cuarto. Y Ricardo está bien, nervioso, pero bien. Está viendo todo por las pantallas. Mantenme informada, por favor. No te preocupes. Colgué, me senté en el sofá, respiré hondo y esperé.
Yo estaba en un cuarto pequeño lleno de aparatos. Las pantallas mostraban la habitación del hotel desde varios ángulos, micrófonos captando cada sonido. El comandante Vega estaba a mi lado, el licenciado Alberto al otro, otros policías vigilando los equipos. Recuerda, dijo Vega, tú solo entras cuando yo te dé la señal. cuando hayan confesado todo, cuando tengamos la flagrancia clara, no antes. ¿Entendido? ¿Entendido? En el monitor vi que la puerta del cuarto se abría. Entró Beatriz, vestida casual, jeans, blusa blanca, el pelo suelto, jalando una maleta de viaje mediana.
Andrés estaba sentado en la cama. Se levantó al verla, sonriendo, la besó. Un beso largo, íntimo. Tuve que aguantarme las ganas de golpear la pantalla. ¿Lo traes? Le pregunté. Lo traigo respondió ella, poniendo la maleta en la cama. La abrió. Estaba llena de fajos de billetes. Billetes de 500. Organizados, contados. Son los 5 millones, confirmelo. Exactamente. Tu parte. ¿Cómo quedamos? Andrés agarró uno de los fajos, pasó el pulgar por los billetes, sonríó satisfecho. Al fin, valió la pena todo el jale.
Beatriz soltó una risita corta. ¿Crees que fue trabajo? Yo fui la que tuvo que aguantar 7 años casada con ese idiota, trabajando, trabajando, trabajando, sin tiempo para nada, sin que me hiciera caso. Yo me merecía más, me merecía esto. Señaló el dinero. Y ahora lo tienes. Ahora lo tengo. Y nadie sospecha nada. La policía cerró el caso como accidente. El cuerpo se cremo. No hay forma de que investiguen más. Andrés se sentó en la orilla de la cama.
¿Estás seguro de que se murió? Ni una posibilidad de que haya sobrevivido. Beatriz sacudió la cabeza. Ninguna. Le pegaste con todo. Estaba sangrando. Apenas respiraba. Y cuando el coche prendió, no hay forma de que haya salido, porque si llega a aparecer, no va a aparecer, interrumpió ella firme. Ricardo está muerto y nosotros estamos libres. En la pantalla vi que el comandante Vega hizo una señal. Era suficiente. Confesión clara, flagrancia perfecta. Vamos, dijo él. Ahora es tu turno.
Camine por los pasillos del hotel. Tres policías de civil iban adelante. El licenciado Alberto a mi lado, el comandante Vega justo atrás. Mi corazón latía tan fuerte que sentía que me iba a explotar. El brazo enyesado me pesaba. Cada paso retumbaba en el pasillo silencioso. Nos detuvimos frente a la puerta. Habitación 412. Del otro lado, Beatriz y Andrés. creyendo que estaban a salva, que lo habían logrado, que el crimen perfecto les había salido bien. Vega hizo una señal.
Los policías se posicionaron, manos en las fundas de sus armas, listos. Cuando yo toque, susurró, tú entras justo detrás de mí. Deja que yo pueda primero, luego apareces tú. Será el momento de mayor impacto. Asentí. Mi garganta estaba seca. Intenté tragar saliva. No pude. Vega tocó la puerta. Tres golpes firmes. Servicio al cuarto, dijo tocando la voz. Silencio del otro lado. Luego pasos. La puerta se abrió un poco. Andrés asomó la cara. Expresión de molestia. No pedimos nada de No terminó la frase.
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