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MI HIJO VENDIÓ MI CASA Y ME ROBÓ TODO PARA SU BODA, PERO OLVIDÓ QUE SU MADRE ES MÁS LISTA QUE ÉL

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LA ENTRADA TRIUNFAL (VESTIDA PARA MATAR)
El jueves amaneció soleado, insultantemente hermoso.

Me levanté con la energía de quien tiene una misión divina. No había tristeza en mí, solo una determinación fría, dura como el diamante. Desayuné bien: fruta, huevos, café. Necesitaba fuerzas.

Pasé la tarde arreglándome. No iba a ir como la “viejita pobre” que Thiago imaginaba. Oh, no.

Saqué de mi armario mi mejor vestido. Un diseño exclusivo de seda color azul rey, elegante, sobrio, pero imponente. Me puse el collar de perlas que Alberto me regaló en nuestro 25 aniversario, esas perlas que Vanessa había mirado con codicia tantas veces. Me maquillé con cuidado: base perfecta para ocultar las ojeras de la mala noche, rubor para dar vida, y mis labios… mis labios de un rojo intenso, casi sangre.

Me miré al espejo. No veía a una víctima. Veía a la dueña de la cadena de supermercados. Veía a la mujer que negociaba con tiburones. Veía a la matriarca.

—Ahí te voy, Thiago —le dije a mi reflejo.

A las 7:30 PM, Ricardo pasó por mí en su coche. Iba impecable, con su traje gris y su maletín de cuero, donde llevaba la destrucción de mi hijo impresa en papel bond. Detrás de nosotros, en un coche sin rotular, venían dos agentes de la policía de investigación y un actuario judicial. Ricardo tenía contactos, y el delito era flagrante.

El camino hacia el Club Campestre fue silencioso. Yo miraba por la ventana, viendo la ciudad iluminada.

Llegamos. El lugar era impresionante. Thiago no había mentido: había tirado la casa por la ventana. La entrada estaba decorada con arcos de flores blancas importadas, orquídeas que costaban una fortuna. Había una alfombra roja. Valet parking con uniforme de gala. Se escuchaba música de violines en vivo desde el interior.

Todo pagado con mi dinero. O mejor dicho, con el dinero que Thiago creía que era suyo.

Bajé del coche. Ricardo me ofreció su brazo.

—¿Lista, Clarice? Aún puedes arrepentirte. Podemos dar media vuelta.

Lo miré a los ojos.

—Entremos.

Caminamos hacia la entrada principal. La recepcionista, una chica joven con una lista en la mano, nos detuvo.

—Buenas noches. ¿Nombres?

—Clarice Méndez —dije con voz firme—. Madre del novio.

La chica revisó la lista. Frunció el ceño. Se puso nerviosa.

—Eh… disculpe, señora. Su nombre no está en la lista. El novio nos dio instrucciones específicas de que… bueno, de que el acceso era restringido.

Thiago me había vetado. No solo me había robado, me había borrado de su vida. La humillación final.

Ricardo dio un paso adelante y sacó su credencial de abogado, mostrando una autoridad que hizo temblar a la chica.

—Señorita, no venimos a comer canapés. Esta es la señora Clarice Méndez, dueña legal de los fondos con los que se está pagando este circo. Y yo soy su representante legal. O nos deja pasar, o hago que clausuren este evento ahora mismo y usted termina declarando en el Ministerio Público por obstrucción de la justicia.

La chica palideció. Abrió el cordón de terciopelo sin decir palabra.

Entramos.

El salón principal era un espectáculo de opulencia vulgar. Había candiles gigantescos, estatuas de hielo, meseros sirviendo champaña francesa Moët & Chandon como si fuera refresco. Había al menos 300 personas. Reconocí a varios: amigos de la universidad de Thiago (esos “mirreyes” que nunca me cayeron bien), algunos parientes lejanos que seguramente vinieron solo por la comida gratis, y mucha gente “guapa” que debían ser las amistades de Instagram de Vanessa.

Caminamos por el centro del salón. El sonido de mis tacones resonaba sobre el mármol, firme, constante. Clac, clac, clac.

Poco a poco, la gente empezó a notarnos. Los murmullos comenzaron.

—¿Esa no es la mamá?
—¿Qué hace aquí? Se ve muy seria.
—Oye, qué elegante viene la señora.

Al fondo, en una mesa principal elevada sobre una tarima, como si fueran reyes, estaban ellos.

Thiago llevaba un esmoquin que gritaba “caro”. Se veía guapo, no lo voy a negar, pero tenía esa sonrisa de suficiencia que tanto me irritaba. A su lado, Vanessa. Llevaba un vestido que parecía un merengue explotado, lleno de piedras brillantes, con un escote excesivo. Se veía triunfante.

Estaban brindando. Thiago levantaba su copa, riendo de algo que le decía un amigo.

Entonces, me vio.

Su sonrisa se congeló en el acto. La copa se detuvo a medio camino de su boca. Se puso pálido, del color de la cera. Fue como ver a un fantasma.

Vanessa siguió su mirada y, al verme, su expresión de felicidad se transformó en una mueca de asco puro. Le dijo algo al oído a Thiago, golpeándole el brazo.

Yo no me detuve. Seguí caminando directo hacia la mesa principal, con Ricardo a mi lado como mi guardaespaldas. La música de los violines pareció bajar de volumen, o quizás fue que la tensión en el salón se volvió tan densa que se comió el sonido.

Thiago bajó de la tarima y vino a mi encuentro, tratando de interceptarme antes de que llegara a la mesa. Estaba nervioso, sudando.

—¡Mamá! —sisó entre dientes cuando estuvo cerca, con una sonrisa falsa pegada en la cara para que los invitados no notaran el pánico—. ¿Qué demonios haces aquí? Te dije que no vinieras. ¿Quieres arruinarme la noche?

Me detuve frente a él. Lo miré de arriba abajo.

—Buenas noches, Thiago. Qué fiesta tan bonita. Muy… costosa.

—Vete, mamá —me susurró con odio—. Vete ahora mismo. No tienes nada que hacer aquí. Ya no tienes nada. Estás fuera. Los de seguridad te van a sacar.

—No creo que los de seguridad quieran meterse con la policía, hijo —dije con calma, señalando discretamente hacia la entrada, donde los dos agentes judiciales acababan de ingresar y se mantenían discretos junto a la puerta.

Thiago miró hacia allá y tragó saliva.

—¿Qué? ¿Llamaste a la policía porque te quité el dinero? Mamá, no seas ridícula. Es un asunto familiar. Lo podemos arreglar después. ¡Vete! Vanessa se va a poner histérica.

En ese momento, Vanessa bajó, arrastrando su cola de vestido.

—¡Oye tú! —me gritó, olvidando toda etiqueta—. ¡Vieja loca! ¿Qué haces aquí? ¡Thiago, saca a tu madre de mi boda! ¡Va a salir en todas las fotos! ¡Huele a naftalina!

Los invitados cercanos se quedaron callados. La vulgaridad de Vanessa había “sacado el cobre” frente a todos.

Yo sonreí. Una sonrisa dulce, letal.

—No vine a quedarme, querida. No te preocupes. Tu boda no es de mi gusto. Es demasiado… corriente.

Vanessa abrió la boca indignada.

—Solo vine a entregarles su regalo de bodas —continué, levantando la voz para que las mesas cercanas escucharan.

—¿Regalo? —Thiago parpadeó, confundido. La avaricia pudo más que el miedo por un segundo—. ¿Qué regalo? Dijiste que no tenías dinero.

—Y no lo tengo, tú me lo quitaste todo, ¿recuerdas? —dije, y vi cómo algunos invitados se miraban entre sí, escandalizados—. Pero te traje algo mejor. Te traje una dosis de realidad.

Saqué de la carpeta de Ricardo una copia simple del Acta Constitutiva de la Holding y se la extendí.

—¿Qué es esto? —preguntó Thiago, agarrando el papel con manos temblorosas.

—Léelo, abogado. Sé que no te gusta leer, pero esto te interesa.

Thiago leyó. Sus ojos se movían rápido por las líneas. “Clarice Inversiones…”, “Administradora Única…”, “Inalienabilidad…”.

Vi el momento exacto en que su alma abandonó su cuerpo. El color se le fue del rostro por completo. Las manos le empezaron a temblar tanto que el papel hacía ruido.

—No… —susurró—. No puede ser. Esto… esto es viejo.

—Es vigente, Thiago. Está inscrito en el Registro Público desde hace diez años.

—Pero… pero yo vendí el departamento. Hoy en la mañana. Me dieron el dinero. Trescientos mil pesos de anticipo y el resto en transferencia…

—Vendiste aire, hijo —lo interrumpí, disfrutando cada sílaba—. Vendiste una propiedad que pertenece a una Sociedad Anónima usando un poder de persona física. ¿Sabes cómo se llama eso en la Facultad de Derecho? ¿O te saltaste esa clase también? Se llama Fraude Específico. Se llama Estelionato.

Thiago dio un paso atrás, como si lo hubiera golpeado.

—Y el dinero que sacaste de mis cuentas… —continué implacable—, bueno, ese dinero también estaba fiscalizado. Pero lo peor no es eso. Lo peor es que el comprador del departamento, ese señor al que engañaste hoy en la mañana, va a intentar registrar la escritura mañana. Y cuando el Registro Público la rechace… te va a buscar. Y no creo que sea para felicitarte.

Vanessa, que no entendía nada de leyes pero entendía de dinero, agarró a Thiago del brazo y lo sacudió.

—¿De qué está hablando esta vieja, Thiago? ¿Qué dice? ¿Cómo que no vendiste? ¡Ya pagamos todo! ¡El viaje, el hotel, el banquete! ¡Los cheques ya salieron!

—Vanessa, cállate… —balbuceó Thiago, al borde del colapso.

—¡No me callo! —gritó ella—. ¡Dime que tienes el dinero! ¡Dime que eres millonario!

—¡No tiene ni un quinto! —intervine yo, con voz potente—. Thiago está en la quiebra. Y peor aún, está en deuda. Todo esto que ven aquí, todo este lujo, no está pagado. Está prometido con un dinero que él tendrá que devolver o ir a la cárcel.

El murmullo en el salón se convirtió en un rugido. La gente se ponía de pie. Los meseros se detuvieron.

—Mamá… —Thiago me miró con ojos llenos de lágrimas, ojos de niño asustado—. Mamá, por favor. Ayúdame. No lo sabía. Pensé que era tuyo. Mamá, arréglalo. Tienes dinero, sé que tienes la Holding. Paga esto. Sálvame. Te lo juro que no lo vuelvo a hacer.

Era el momento. El momento de la verdad.

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