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MI HIJO VENDIÓ MI CASA Y ME ROBÓ TODO PARA SU BODA, PERO OLVIDÓ QUE SU MADRE ES MÁS LISTA QUE ÉL

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CAPÍTULO 3: LA TRAMPA MAESTRA (EL SECRETO DEL COFRE)
Me quedé ahí, de pie en mi despacho, con la carpeta roja en las manos como si fuera un escudo sagrado. El silencio del departamento ya no me parecía vacío; ahora se sentía cargado de electricidad, como el aire antes de que caiga un rayo.

Thiago pensaba que el mundo jurídico era un juego de firmas y apariencias. Él creía que tener un título colgado en la pared y un despacho en una zona “fresa” lo convertía en experto. Pero se le olvidó lo más importante: la experiencia de la calle. Se le olvidó que su madre no aprendió a negociar en aulas con aire acondicionado, sino peleando precios en la Central de Abastos, discutiendo contratos con proveedores mañosos y lidiando con sindicatos que querían cerrar nuestras tiendas cada dos por tres.

Abrí la carpeta y leí el encabezado del documento acta constitutiva: “CLARICE INVERSIONES Y PARTICIPACIONES, S.A. DE C.V. (SOCIEDAD ANÓNIMA DE CAPITAL VARIABLE)”.

Hace diez años, seis meses después de enterrar a Alberto, recibí la visita de Ricardo, nuestro abogado de toda la vida y compadre. Un hombre de la vieja escuela, de los que todavía usan tirantes y fuman puros, pero con una mente más afilada que un bisturí.

Recuerdo esa tarde perfectamente. Estábamos en esta misma sala, tomando té. Ricardo me miró por encima de sus lentes y me dijo:

—Clarice, tenemos que hablar de Thiago.

—¿Qué hizo ahora? —pregunté, sintiendo ese nudo en el estómago que ya se me estaba haciendo costumbre.

—Nada… todavía. Pero va a hacer algo. Ese muchacho tiene las manos muy sueltas y la conciencia muy laxa. Y tú, comadre, tienes un patrimonio muy grande y muy tentador. Si te llega a pasar algo, o si un día decide que ya no quiere esperar a heredar… te va a dejar en la calle.

Yo me ofendí. Le dije que era mi hijo, que tenía buen corazón. Ricardo solo negó con la cabeza.

—El dinero no tiene corazón, Clarice. Y la gente que ama el dinero fácil, menos. Hazme caso. Vamos a blindarte.

Y así nació la estrategia.

Thiago creía que yo era la dueña de este departamento. Creía que las cuentas de inversión en la casa de bolsa estaban a nombre de “Clarice Méndez”. Por eso, cuando consiguió ese Poder Notarial fraudulento en el hospital, pensó que tenía las llaves del reino.

¡Pobre tonto!

La realidad legal era esta: Yo, Clarice persona física, no era dueña de nada. Ni de un ladrillo, ni de una maceta.

Todo, absolutamente todo mi patrimonio inmobiliario y financiero, había sido transferido a la Holding Familiar hace una década. Yo era la Administradora Única con Poderes Irrevocables. Thiago tenía acciones, sí. Ricardo insistió en dárselas para que “se sintiera parte”. Pero eran acciones de la Serie B: Sin derecho a voto y sin valor de venta sin la autorización de la administradora.

Además, el candado final: una cláusula de Inalienabilidad y Usufructo Vitalicio.

¿Qué significaba esto en español sencillo?

Significaba que el Poder Notarial que Thiago me hizo firmar en el hospital era papel mojado para vender el departamento. Ese poder me representaba a mí como persona, no a la empresa. Para vender el inmueble, se necesitaba una Asamblea de Accionistas y mi Firma Electrónica Avanzada como representante legal de la S.A. de C.V., algo que él no tenía y nunca tendría.

Me serví una copa de vino tinto y me senté frente al ventanal. La noche ya había caído sobre la Ciudad de México. Las luces de los rascacielos parpadeaban como estrellas frías.

Analicé la situación con la frialdad de una auditora.

Thiago dijo que ya había vendido. Eso significaba que había encontrado a un comprador, probablemente alguien con mucho dinero en efectivo y pocas ganas de revisar papeles a fondo, o tal vez un inversionista extranjero. Thiago debió haber usado el poder personal, falsificando o “maquillando” la titularidad del inmueble, o quizás prometió que la empresa ratificaría la venta.

Peor aún: dijo que ya tenía el dinero en su cuenta. Eso implicaba un delito grave. Fraude. Estelionato (vender lo ajeno como propio). Falsificación de documentos. Y al vaciar mis cuentas personales (donde sí tenía mis “gastos corrientes”, unos 40 o 50 mil pesos mensuales), cometió Abuso de Confianza y Robo.

Thiago no solo había sido un mal hijo. Se había convertido en un criminal.

Tomé un sorbo de vino. El sabor a madera y frutos rojos me reconfortó. Miré hacia el cielo, buscando alguna señal de Alberto.

—¿Ves lo que criamos, viejo? —murmuré al aire—. Tú me decías que yo era muy dura con él. Y mira. Me vendió. Me vendió por una fiesta y una mujer de plástico.

Tenía dos opciones.

La Opción A era la opción de la “Mamá Mexicana Sufrida”: Llamarle ahora mismo. Explicarle su error. Decirle: “Hijo, ¡detente! El departamento no es mío, es de la empresa. Devuelve el dinero antes de que te metan a la cárcel. Yo te perdono, ven a casa”. Si hacía eso, Thiago se asustaría, devolvería el dinero (si es que no se lo había gastado ya en anticipos), y yo lo salvaría de la prisión. Pero… ¿aprendería? No. Seguiría siendo el mismo inútil, esperando a que yo me muera para intentarlo de nuevo.

La Opción B era la opción nuclear. La opción de Clarice, la empresaria. Dejar que se estrelle. Dejar que la realidad lo aplaste. Dejar que se case, que gaste, que presuma… y luego, quitarle el piso.

Recordé su voz en el teléfono: “Tal vez te dé vergüenza aparecer ahora que eres una vieja pobre”. Recordé la risa de Vanessa burlándose de mis muebles. Recordé los diez días en el hospital, sola, mientras él solo iba a sacarme la firma.

Se acabó la piedad.

Terminé mi vino de un trago. Fui al teléfono fijo y marqué el número de Ricardo. Eran las 10 de la noche, pero sabía que me contestaría.

—¿Clarice? ¿Pasó algo?

—Ricardo, prepárate. Mañana tenemos boda.

—¿Qué? ¿De qué hablas?

—Thiago se casa mañana. Y vendió mi departamento. O al menos, eso cree él.

Escuché el silencio atónito de Ricardo al otro lado de la línea, seguido de un silbido de admiración.

—No me digas que usó el poder personal para intentar vender un activo de la Holding…

—Exactamente. Y vació mis cuentas personales. Ricardo, quiero que prepares todo. Quiero la denuncia penal redactada. Quiero a la policía lista. Mañana vamos a ir al Club Campestre, pero no a comer pastel.

—Clarice… —la voz de Ricardo se suavizó—. ¿Estás segura? Es cárcel, comadre. Es delito grave. No alcanza fianza inmediata por los montos. Lo van a refundir en el Reclusorio. Es tu hijo.

Cerré los ojos un momento. Sentí una lágrima solitaria correr por mi mejilla, caliente y pesada. Me la limpié con furia.

—Él dejó de ser mi hijo en el momento en que decidió dejarme en la calle para pagarle un viaje a París a esa mujer. Mañana, Ricardo, quiero que caiga todo el peso de la ley. Sin miramientos.

—Entendido. Te veo mañana a las 7 PM. Ponte guapa, Clarice. Si vas a ir a la guerra, ve vestida de reina.

Colgué.

Esa noche no dormí. Me dediqué a caminar por mi departamento, acariciando las paredes, los muebles, recordando cada momento vivido ahí. No como una despedida, sino como una reafirmación de propiedad. Esto era mío. Mi esfuerzo. Mi vida. Y nadie, absolutamente nadie, me lo iba a quitar.

CAPÍTULO 4:

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