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MI HIJO VENDIÓ MI CASA Y ME ROBÓ TODO PARA SU BODA, PERO OLVIDÓ QUE SU MADRE ES MÁS LISTA QUE ÉL

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—Mamá, necesito un despacho en Lomas para recibir a los clientes importantes —me decía, con esa carita de “yo no fui”. Y yo le pagaba la renta, una renta obscena en dólares.
—Mamá, choqué el coche, pero no fue mi culpa. Necesito otro para no llegar a pie al juzgado. —Y ahí iba yo, a la agencia, a firmar el cheque.
—Mamá, se me “chispoteó” con la tarjeta, invité a unos socios a cenar al Pujol. —Y yo pagaba la cuenta.

Yo creía que lo estaba ayudando a despegar. Me decía a mí misma: “Es joven, está empezando, ya madurará”. Pero no estaba madurando. Se estaba pudriendo. Estaba criando a un parásito incapaz de ganarse un peso por su cuenta, un hombre que veía a su madre no como a una persona, sino como a un cajero automático con patas.

La situación pasó de ser un problema de “niño mimado” a una pesadilla real hace dos años, cuando Vanessa entró en escena.

Vanessa… ¡Ay, Dios! Una de esas muchachitas que viven para Instagram. “Influencer de estilo de vida”, decía su biografía. Guapísima, operada hasta las orejas, siempre perfecta, siempre con el celular en la mano grabándose a sí misma.

Desde el primer día que Thiago la trajo a cenar a casa, supe que era un peligro. No me saludó mirándome a los ojos. No. Sus ojos de depredadora escanearon mi casa: el lustre de cristal Baccarat, mis cuadros originales, la alfombra persa. Calculó el precio de todo en segundos.

—Híjole, Doña Clarice, qué “depa” tan increíble tiene —me dijo, tuteándome sin permiso mientras se servía mi vino más caro hasta el borde de la copa—. Debe valer una millonada, ¿no? Digo, la zona, los acabados…

—Es mi hogar, Vanessa, no una inversión —le contesté secamente.

—Claro, claro —dijo ella con una risita falsa—. Pero, digo, es enorme para una persona sola, ¿no cree? ¿No le da miedo morirse aquí y que nadie se entere hasta que huela feo? Debería venderlo, irse a algo más chiquito, más cómodo. Y con ese dinero, ¡uf!, podría ayudar a Thiago a expandir su firma. Él tiene tanto potencial…

Vi cómo a Thiago le brillaron los ojos. Esa noche, en la mesa, no hablaron de mí, ni de nosotros. Hablaron de viajes, de marcas, de “proyectos”. Y yo me sentí, por primera vez, como un estorbo en mi propia casa.

La presión empezó suave. Comentarios indirectos, sugerencias de que yo ya estaba “grande” para manejar mis finanzas.

—Mamá, deja que yo me encargue de los bancos, tú descansa.
—Mamá, firma este poder para que no tengas que ir a hacer filas.

Yo me resistía. “Todavía me rige la cabeza, mijo”, le decía. Pero el destino, o la mala suerte, me jugó en contra.

Hace seis meses me dio una neumonía brutal. Terminé en el hospital, grave, con oxígeno y fiebre de 40 grados. Estuve diez días internada, sintiéndome más vulnerable que nunca. Thiago iba todos los días. Yo pensaba: “Mira, sí me quiere, está preocupado”.

Qué tonta fui.

Una tarde, llegó con un folder azul. Yo estaba medio dopada por los medicamentos.

—Mamá —me dijo con voz dulce, acariciándome la mano sudada—, el seguro está poniendo trabas para un procedimiento que necesitas urgente. Necesito que firmes esta autorización para que los abogados del hospital se muevan. Es puro trámite.

—¿Seguro? —pregunté, con la voz pastosa.

—Sí, mamita, confía en mí. Es para que te cures.

Y confié. Agarré la pluma con mi mano temblorosa y firmé donde él me indicó. No leí las letras chiquitas. No vi que no era un trámite del seguro.

Era un Poder General Amplio para Pleitos y Cobranzas, Actos de Administración y, lo más grave, Actos de Dominio. Básicamente, le entregué las llaves de mi vida. Le di permiso legal para vender, regalar o quemar todo lo que yo tenía.

En cuanto le dieron el alta, Thiago cambió. Se volvió un fantasma. Dejó de venir a comer los domingos. Si le llamaba, me mandaba al buzón. “Estoy ocupado, mamá”, “Tengo mucho trabajo, mamá”.

Ahora sé cuál era su trabajo: estaba vaciando mis cuentas de inversión poco a poco, transfiriendo fondos a cuentas en las Islas Caimán o quién sabe dónde, y buscando un comprador incauto para mi departamento.

Y hoy… hoy había dado el golpe final.

Me levanté de la mesa de la cocina. La rabia había sustituido al miedo. Mi hijo había planeado esto meticulosamente. Había usado mi enfermedad, mi debilidad, para robarme. Había planeado casarse con esa mujerzuela usando mi dinero, celebrando sobre las cenizas de mi esfuerzo.

Caminé hacia mi despacho. Moví el cuadro de “La Última Cena” que colgaba en la pared y dejé al descubierto la caja fuerte. Marqué la combinación: la fecha de nacimiento de Alberto.

La puerta se abrió con un clic metálico.

Ahí adentro estaba mi carpeta roja. La carpeta que contenía el documento que Thiago, en su ignorancia de abogado mediocre, nunca se molestó en buscar en el Registro Público de la Propiedad.

Saqué los papeles y los acaricié.

—Ay, Thiago… —susurré en la penumbra del despacho—. Crees que eres un tiburón, pero te metiste a nadar en un estanque con una piraña vieja.

Mañana, en el Club Campestre, frente a toda su “sociedad” y su novia interesada, Thiago iba a aprender que a una madre se le respeta. Por las buenas… o por las malas.

PARTE 2

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