—Lo vendí —soltó, y pude escuchar el orgullo en su voz—. Firmé la escritura hoy a las nueve de la mañana. Usé aquel poder notarial que me firmaste el año pasado en el hospital, ¿te acuerdas? Ese “trámite del seguro”. Fue facilísimo. El notario ni parpadeó. El mercado está caliente, mamá, me lo arrebataron de las manos.
Sentí que el suelo se abría bajo mis pies.
—El dinero ya está en mi cuenta, junto con tus ahorros. Y los nuevos dueños… bueno, son gente de negocios, un poco impacientes. Te quieren fuera de ahí en 30 días. Así que ve empacando tus chivas.
—Hijo… no puedes hacerme esto. Soy tu madre. Te di la vida.
—Y yo te estoy dando una lección de desapego —respondió cínicamente—. Adiós, mamá. Nos vemos en la boda… o tal vez no. Tal vez te dé vergüenza aparecer ahora que eres una vieja pobre. A Vanessa no le va a gustar que vayas vestida con trapos viejos.
—Thiago…
—Chao.
Colgó.
El sonido de la llamada terminada resonó en la habitación vacía como un disparo. Bajé el teléfono lentamente y lo dejé sobre la mesa. Me quedé mirando mis manos. Esas manos que habían amasado miles de kilos de harina, que habían cargado cajas, que habían cambiado sus pañales, que le habían curado las fiebres. Esas manos ahora temblaban incontrolablemente.
Me levanté y caminé hacia el ventanal. La ciudad seguía ahí, indiferente a mi tragedia. Mi hijo, mi sangre, acababa de confesarme que me había despojado de todo. Me había quitado mi dinero, mi casa, mi seguridad. Me había dejado en la calle, a mi edad, solo para satisfacer el capricho de una mujer que ni siquiera lo quería y para alimentar su propio ego enfermo.
Cualquier madre en mi lugar habría gritado. Habría golpeado las paredes. Habría caído de rodillas suplicando a Dios. Habría sentido cómo el corazón se le partía en mil pedazos por la traición más vil que existe.
Pero entonces, algo extraño sucedió.
Miré mi reflejo en el cristal de la ventana. Vi a una mujer mayor, sí, con arrugas y canas, pero con los ojos de quien ha sobrevivido a crisis económicas, devaluaciones, lutos y traiciones de socios.
Y empecé a reír.
Primero fue una risa baja, gutural, que me raspó la garganta. Luego, una carcajada que salió desde el fondo de mi estómago. Y finalmente, un ataque de risa tan fuerte que tuve que agarrarme de la cortina para no caer. Reía con lágrimas en los ojos, reía hasta que me dolió el abdomen.
No me había vuelto loca. No era un colapso nervioso.
Reía porque Thiago, mi hijo el abogado, el que se creía el más listo del mundo, el que pensaba que su madre era una “viejita ignorante” que solo servía para firmar cheques, acababa de cometer el error más estúpido y monumental de su vida.
Él creyó que había vendido mi departamento. Él creyó que tenía mi dinero seguro en su cuenta. Él pensaba que tenía el control.
Pobre iluso.
Lo que Thiago no sabía, lo que su ambición desmedida le impidió investigar, es que este departamento, este edificio, y cada centavo “gordo” de mi fortuna, estaban protegidos por un mecanismo legal que yo diseñé hace diez años, precisamente el día que me di cuenta de que mi hijo no era la persona que yo quería que fuera.
Thiago acababa de vender algo que no era suyo. Había cometido fraude. Y yo… yo tenía la llave de su destrucción en una caja fuerte detrás del cuadro de la Virgen de Guadalupe.
Dejé de reír, me sequé las lágrimas con el dorso de la mano y miré el reloj. Faltaban 24 horas para la boda. 24 horas para que mi venganza se sirviera, no fría, sino helada.
Caminé hacia la cocina, me serví otra taza de café y murmuré para mí misma:
—¿Querías una lección, mijo? Mañana vas a tener la clase magistral de tu vida.
CAPÍTULO 2: EL ORIGEN DEL MONSTRUO
Para que entiendan por qué una madre puede llegar al punto de reírse ante la inminente destrucción de su propio hijo, tengo que llevarlos al pasado. Nadie nace siendo un monstruo, ni nadie nace siendo una madre vengativa. Las circunstancias nos moldean, golpe a golpe.
Me llamo Clarice. Tengo 64 años, aunque mis articulaciones a veces insisten en que tengo 80. Todo lo que ven aquí, los muebles finos, la ropa de seda, las joyas discretas, nada de esto llegó por arte de magia.
Vengo de abajo. De muy abajo.
Mi difunto esposo, Alberto, y yo empezamos nuestra vida juntos en un cuartito de azotea en Ecatepec. Él era ayudante de panadero y yo costurera. Teníamos hambre, literalmente, pero teníamos un sueño. Ahorramos cada peso, comiendo frijoles y tortillas durante años, hasta que pudimos rentar un localito en ruinas para poner nuestra propia panadería: “La Esperanza”.
¡Dios mío, cómo trabajamos! Recuerdo el calor de los hornos quemándome la piel, el dolor en la espalda de estar parada 16 horas diarias, mis manos siempre cubiertas de harina y masa. No había domingos. No había Navidad. Mientras la gente celebraba, nosotros horneábamos Roscas de Reyes o Pan de Muerto hasta que se nos cerraban los ojos del cansancio.
Pero funcionó. La panadería se convirtió en dos. Luego compramos el local de al lado y pusimos un abarrotes. Y luego, un pequeño supermercado. Con los años, nos convertimos en los dueños de una cadena de autoservicios en la zona norte de la ciudad.
Cuando Alberto murió hace 12 años, de un infarto fulminante mientras cargaba cajas de mercancía (porque nunca dejó de trabajar como un burro), sentí que mi mundo se acababa. Me quedé sola, viuda a los 50, con un imperio pequeño y un hijo adolescente.
Decidí vender la operación de los supermercados. Ya no tenía fuerzas para pelear con proveedores ni con sindicatos. Invertí todo el capital en bienes raíces comerciales, naves industriales y fondos de inversión. Quería descansar. Quería viajar. Pero sobre todo, quería asegurar que Thiago nunca pasara por las carencias que nosotros vivimos.
Ese fue mi error. Mi gran y maldito error.
Thiago siempre fue un niño hermoso. Tenía los ojos de su padre y mi sonrisa. Era inteligente, sí, muy vivo. Pero desde chiquito noté algo que me inquietaba: era flojo. Y no solo flojo, era tramposo.
Recuerdo cuando tenía 10 años y le pagué por lavar el coche. En lugar de lavarlo, le pagó la mitad de su dinero al hijo del vecino para que lo hiciera, y él se quedó sentado comiendo helado. Alberto se rio y dijo: “Ese niño tiene mente de empresario”. Yo no me reí. Yo vi la semilla de la deshonestidad.
Creció rodeado de comodidades que nosotros nunca tuvimos. Escuelas privadas, chofer, ropa de marca. Se graduó de Derecho en la Ibero, pero la verdad es que pasó la carrera de noche, copiando, pagando por trabajos y usando su encanto para manipular a los profesores.
Nunca quiso ser abogado de verdad. Odiaba leer. Odiaba los juzgados. Lo que él quería era la película: el traje Hugo Boss, el reloj Rolex, el BMW en la puerta y la tarjeta American Express Platinum.
Y yo… yo se lo di todo.
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