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MI HIJO VENDIÓ MI CASA Y ME ROBÓ TODO PARA SU BODA, PERO OLVIDÓ QUE SU MADRE ES MÁS LISTA QUE ÉL

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LA LLAMADA QUE DESTROZÓ (Y SALVÓ) MI VIDA
Era una tarde de miércoles, de esas tardes plomizas y pesadas que a veces caen sobre la Ciudad de México, donde el cielo parece una panza de burro a punto de reventar. Yo estaba sentada en mi sillón favorito, ese de terciopelo azul que compré hace años en una subasta en La Roma, con una taza de café de olla humeante entre las manos. El aroma a canela y piloncillo llenaba la sala, dándome una falsa sensación de paz. A mis 64 años, esos momentos de silencio eran mi tesoro más preciado. Miraba a través del ventanal el tráfico de Reforma, las luces rojas y blancas moviéndose como hormigas lejanas, y pensaba en lo afortunada que era de estar ahí, resguardada, tranquila, lejos del caos.

El timbre de mi celular rompió la atmósfera como un cristalazo.Advertisement

Dejé la taza sobre la mesita de centro con cuidado, temiendo manchar el mantel bordado que mi abuela me heredó. Miré la pantalla. “Thiago”. Mi hijo. Mi único hijo. Una sonrisa automática se dibujó en mi rostro. No importaba cuántos años tuviera, para mí seguía siendo ese niño de rodillas raspadas que corría a mis brazos. Aunque, siendo honesta, últimamente sus llamadas solo significaban una cosa: necesitaba algo. Dinero, contactos, o que le resolviera algún problema que su “brillante” mente de abogado no podía solucionar.

Deslicé el dedo para contestar.

—¿Bueno? ¿Mijo?

—¡Mamá! —su voz estalló en mi oído. No era su tono habitual de queja o aburrimiento. Estaba eléctrico, vibrante, con una euforia que no le escuchaba desde que le regalamos su primer coche a los 18 años—. ¡Mamá, tengo una noticia increíble! ¡Siéntate porque te vas a caer!

Sentí un pequeño vuelco en el estómago. ¿Un nieto? ¿Un ascenso real? ¿Había ganado algún caso importante por fin?

—Ya estoy sentada, Thiago. Cuéntame, ¿qué pasó? ¿Por qué tanta alegría?

—¡Me caso, mamá! —gritó, y pude escuchar el sonido de copas chocando de fondo—. ¡Me caso mañana mismo con Vanessa!

Me quedé helada. El café se me revolvió en el estómago.

—¿Mañana? —pregunté, sintiendo que las palabras se me atoraban—. Pero Thiago, ¿cómo que mañana? Una boda se planea con meses, mijo. ¿Por qué la prisa? ¿Pasó algo? ¿Vanessa está…?

—No, no, nada de eso —me interrumpió, y su tono cambió sutilmente. La euforia dio paso a una arrogancia fría, acelerada—. No vamos a esperar más. Nos amamos y punto. Decidimos hacer una fiesta sorpresa, algo espectacular. Reservamos el salón principal del Club Campestre. Ya sabes, el grande, el de los candiles gigantes. Va a ser el evento del año, mamá. Todos mis amigos de la carrera van a estar ahí, gente importante, socios del despacho…

Iba a felicitarlo, aunque mi instinto de madre me gritaba que algo estaba muy mal. Iba a preguntarle por qué no me habían considerado, por qué me enteraba al mismo tiempo que los meseros. Pero él no me dejó hablar. Tomó aire y soltó la bomba, no como quien da una noticia, sino como quien ejecuta una sentencia.

—Ah, y hay una cosita más, mamá. Un detalle técnico que ya resolví.

—¿Qué detalle? —susurré, apretando el celular con fuerza.

—Hice una transferencia —dijo, con una naturalidad que me heló la sangre—. De todas tus cuentas bancarias a la mía. Dejé las tuyas en ceros, mamá. Bueno, creo que te dejé unos doscientos pesos para el taxi, por si quieres ir a la boda.

El mundo pareció detenerse. El ruido del tráfico, el zumbido del refrigerador, todo desapareció. Solo escuchaba mi propia respiración entrecortada.

—¿Qué… qué estás diciendo, Thiago? ¿Es una broma?

—No es broma, madre. Al final de cuentas, voy a necesitar liquidez. Mucha liquidez. Una fiesta en el Campestre no se paga con abrazos, y Vanessa quiere una luna de miel en París, primera clase, hoteles de cinco estrellas… Ella se merece lo mejor, y tú… bueno, tú ya viviste lo que tenías que vivir. Ese dinero estaba ahí, estancado, pudriéndose en el banco. Yo le voy a dar uso.

—Thiago, eso es robo —dije, con la voz temblorosa, sintiendo las lágrimas agolparse en mis ojos—. Eso es mi patrimonio. Es el sudor de tu padre.

—Es adelanto de herencia, mamá, no seas dramática —se rio, una risa seca y cruel—. Ah, y antes de que se me olvide. ¿Sabes tu departamento? ¿Este donde estás sentada ahorita, con tu cafecito y tus muebles viejos? ¿Ese que tiene la vista al parque que tanto presumes con tus amigas?

Miré a mi alrededor. Mis paredes color crema, mis cuadros, mi refugio.

—¿Qué hiciste? —pregunté, aunque ya sabía la respuesta.

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